viernes, 30 de enero de 2009

Azcona Cronwell Elizabeth

Se ha vuelto peligroso el goce puro.
Elogiar el instante es alabar la fuga
sin sentido de todo lo viviente.
No se puede retener su belleza,
su escándalo,
ni beber sin castigo de pozos de dolor.
Hoy se sostiene
apenas por un gesto de orgullo o de ceguera,
de la repetición de la
palabra en sombra,
de tanta vida sin vivir.
El cuerpo que escapó del naufragio no sirve para el rito.
Las plegarias se unen y piden pan.
Lloramos a los muertos que nunca conocimos
y a los propios que parecen rendirse en las llamas del alba.
Ellos nos muestran desde un vidrio opaco sus rezos y los frutos
de la desolación.
¿A qué reglas acuden cuando se escapan de la piel,
quién trama todavía leyes para la tierra?
Nada tengo que ver
con el deseo de los que me engendraron,
la semilla
suntuosa o miserable
y el vientre que buscaba
llenar una oquedad.
Tal vez yo no responda
a los sueños confusos de aquel amor
o su
avidez por una permanencia
que tan solo se roza en los comienzos.
¿Quién eligió su tierra el cuarto para el primer sollozo,
os brazos,
cuna o cárcel para espiar el mundo?
Triste momento es la creencia
de poseer el ámbito,
sentirse como el fruto de un conocido tronco
y no saber
cómo habitar el diálogo
que se crea en las ramas con el
cielo,
os pájaros o las figuras que desde el sol le nacen al rocío.
Alumbrémonos.
Perduro en la oración sellada.
Iluminemos la tiniebla que nos marca
los límites;
hablemos del dolor como de un manto que a todos
nos encierra,
hablemos del amor como la luz que pocos alcanzamos.
Alumbrémonos.
¿Cuántas maneras de morir
o de amar habremos de vivir,
cuántas veces
deberemos partir con el alma enfriada con tanta cercanía,
por una
sed de posesión
que al fin no es más que soledad,
el espejo más
próximo que nos borra la vista
y paraliza nuestros pasos hacia
el único destino?
No pronunciemos cosas que pertenecen al silencio.
Todo discurso es un
saber helado y ya no corresponde al corazón.
Pero el adiós no es
cierto y tampoco la casa que se inventó nuestra orfandad.
Seguimos
balbuceando
mientras alguien nos cuenta desde lejos asuntos de su
vida marcada por la niebla o una lluvia de invierno,
un sol remoto.
Alumbrémonos.
Cumpliremos el capricho de Dios,
que sólo es un capricho cuando ya nadie
entiende su sabia voluntad secreta.