martes, 20 de enero de 2009

JUAN CARLOS MESTRE

"La tumba de Keats"

fragmento:
...Me he perdido en la noche de un laberinto eléctrico,
el sufrimiento ahora son los cuerpos cubiertos con cartón,
la melancolía de los enfermos a la puerta de los hospitales,
los bares inmundos,
todo lo que la transparente ideología de los gestos llama tribu de la noche,
la multitud indolente ante las verjas cerradas, el vapor de la pesadumbre.
Roma y las basílicas de Roma enchapadas de oro,
la alhaja de los poderosos contra la divinidad de los justos,
el resplandor de los privilegios seráficos.
Roma como una piedra hambrienta en el cortejo diabólico,
los que se abrazan en la alucinación de las plantaciones de yodo,
los que escupen sangre sobre los mismos mosaicos que besó Virgilio,
el jardín de las hespérides donde el descendiente maya roba las manzanas de Juno,
los que se refugian entre las ruinas
y entre las ruinas vagan en busca de patria,
los hambrientos a deshora que tras un largo viaje por toda propiedad
declaran una bolsa de plástico,.
.los que iluminados por la desesperación aguardan tras un muro al monarca blanco,
y ésa es entonces su abundancia de bien
y ése es entonces el arroz que reparten los dominicos la tarde del sábado,
la tarde reservada a la compasión por los emigrantes del Este,
los miserables parias que cerca del foro de Adriano
aguardan la resurrección del anciano Papa polaco,
el espejismo con el que se reviste la fe para sobrevivir,
cerca de los envoltorios con que se reviste la divinidad para sobrevivir,
Roma ha muerto
y entre el desorden sexual de las cúpulas la sombra de Shelley
es un barco del que se arrojan contra el acantilado los albaneses,
la casta ínfima de los acosados por el hastío retórico de la justicia social,
los comensales de las copiosas sobras,
los sedientos acosados por la policía.
Como la sustancia insomne de un cuerpo que se repone de la fatiga
y considera toda ilusión despreciable,
hablas el dialecto de quien ha padecido un sueño,
nombras la facturación de las aves, ese encargo irrefutable del cielo,
la extraña materia del sufrimiento hecha presagio en la bandada de pájaros,
eso dices,
y mutuamente están en ti el díscolo y el salvaje,
mutuamente el cuerno de violetas blancas y el gancho en U del que penden los héroes,
en ti el que bajo la falsificación de las obsesiones visuales
niega su placer a la comida muerta,
el que llama a Eva perra capitolina,
emperador con los ojos encharcados de mármol al apóstol de Cristo.
Ésa la curiosidad del que nombra ante la curia la erección de Trajano,
el que en la sala de los cónclaves declara:
mi Vaticano es la tumba de John Keats,
y considera un ultraje el propósito de la eternidad ante el que se devoran los hombres.
Hablas,
pronuncias esta bujía que ningún oyente entenderá bajo los códigos de la razón,
pero igual que estas piedras expían su lugar en la historia
y nadie es capaz de devolverles la semejanza de su trono perdido
y permanecen erguidas sobre la significante ruina de los palacios barrocos,
recubiertas por el estigma de la noche lunar, empapadas en lo vertiginoso,
lamidas por la felpa verde de la humedad insaciable,
así también has de permanecer tú,
inmóvil en la fisura que hacen en otro rostro las lágrimas,
tú el indeciso que al dar dos pasos te desplazas fuera de mí y desconoces el regreso,
tú la dificultad, la venda helada que une al místico con el romántico,
la simpatía carnal entre la rosa de bronce
y el ruiseñor que Alan Sydney Robinson oye en la muerte,
esa la agilidad del fakir bajo la ganzúa de Piranesi y su cabaña moral recubierta de yeso,
el oficio del arte para la aristocracia difunta,
el hedor del privilegio feudal de los Caballeros de Malta,
las letrinas donde acuña su esfinge un imperio erigido sobre la violencia,
la posesión de los excrementos que rentabiliza la usura,
el ácaro de la mafia sobre las alfombras de la judicatura
y el gobierno de los mercaderes sobre los restos de la democracia.