Henri Roorda nació en Lausanne (Suiza) en 1870, fue profesor de matemáticas .
....-Necesito vivir con embriaguez. Muchas veces por la mañana, cuando iba a la escuela, me sentía deprimido porque iniciaba una jornada en la que no habría nada, nada más que el cumplimiento del deber profesional";
quería vivir la vida desde una buena posición pero nadie le enseñó a tiempo el camino hacia una gran verdad: el dinero ayuda a la felicidad,
"Las gentes muy pobres y muy honestas son seres que han sido alimentados de manera insuficiente. Obsérvelos, ningún calor irradia su alma. Han recibido la alimentación justa para poder continuar. Por otro lado, eso es todo lo que les pide la sociedad, que los necesita para pervivir. Me figuro la cara que pondrían los ricos si los pobres adoptaran la constumbre de suicidarse para abreviar su triste y gris existencia. Con toda seguridad dirían que es inmoral. ¡Y qué medios no emplearían para impedir la evasión de sus prisioneros!
"La sociedad pide al individuo que sea lo que fisiológicamente no es." "Para que la vida prosiga es preciso que los hombres consientan, todos los días, durante largas horas, en convertirse en verdaderas máquinas."
A lo que él, como yo y algunos otros, no estaba dispuesto; fue viviendo buscando el placer, la belleza, la emoción, hasta que debido a ¿su avanzada edad?, ¿escaso dinero?, ¿salud precaria...?, decidió ser consecuente con su pensamiento, "Pero no comprendo a esos seres envejecidos, pobres y desdichados que desean por encima de todo durar.
¿Qué esperan? Entre ellos hay solitarios que no quieren a nadie y enfermos que hacen más pesado el fardo que sus parientes llevan en su lugar",
"Necesito percibir en el futuro inmediato, momentos de exaltación y de alegría. Sólo soy feliz cuando adoro algo", agarrar su pistola y darse un tiro en el corazón, era el año 1925, un día después de terminar de escribir .
Henri Roorda, alguien que vivió, disfrutó de todos los placeres terrestres que le dejaron(sean los que quiera que sean, si es que los hay...) y murió por él mismo cuando ya no tenía nada más que hacer aquí, ahí... "Será necesario que tenga cuidado para que la detonación no suene demasiado en el corazón de un ser sensible". Tenía 55 años.
Mi suicidio es "un libro de una sinceridad profunda y decisiva en el que su autor desgrana las preguntas esenciales de la vida, el amor, la sociedad, el trabajo y el placer mientras prepara su fin", y añaden: "Se trata de un texto existencialista, conciso, tan puro como la belleza que le ataba a la vida", dicen de esta obra que en origen el autor pensó titular El pesimismo alegre".
....Pero no comprendo a esos seres envejecidos, pobres y desdichados que desean por encima de todo durar. ¿Qué esperan? Entre ellos hay solitarios que no quieren a nadie y enfermos que hacen más pesado el fardo que sus parientes llevan en su lugar.
Necesito vivir con embriaguez. Muchas veces, por la mañana, cuando iba a la escuela, me sentía deprimido porque iniciaba una jornada en la que no habría nada, nada más que el cumplimiento del deber profesional. No soy un hombre virtuoso, ya que consideraba insuficiente dicha perspectiva. Necesito percibir, en el futuro inmediato, momentos de exaltación y de alegría. Sólo soy feliz cuando adoro algo. (pp. 32-33)
Un profesor que cobra su paga al final de cada mes es con frecuencia un ingenuo que posee una idea absurda de la vida, pues tiene de masiado tiempo para consagrarse a especulaciones gratuitas. En nuestro mundo de negociantes y de financieros, el hombre normal es aquel que, de día y de noche, no piensa en otra cosa que en el dinero. Ese sabe que la vida es un combate que hay que dar de nuevo todos los días. Comprende la necesidad de estar atento y ser prudente. (pp. 22-23)
Para que la vida prosiga es preciso que los hombres consientan, todos los días, durante largas horas, en convertirse en verdaderas máquinas. Pero la máquina no lo es todo. Convierte en autómatas y maniáticos a aquellos que tienen como tarea enriquecer la vida interior de los seres jóvenes. Desde hace treinta y tres años enseño a mis alumnos matemáticas elementales. Todos los años, todos los días, recito reglas y fórmulas inmutables. (No hace falta que diga que mis digresiones son contrarias al Reglamento.) Hay frases que tuve que pronunciar tantas veces que el hastío que siento las retiene a menudo en mis labios. (pp. 38-39)
Hace días que no siento ya interés por ciertas cosas. Todo lo que es literatura me parece verdaderamente vano, y me resultaría difícil tomar parte en las discusiones que enardecen a los hombres. Las conversaciones me parecen más insípidas que nunca.
Pero sí me hago una idea acertada de las cosas infinitamente preciosas que voy a perder. Me parece que ahora distingo mejor lo que posee valor en la vida. Soy feliz viendo el cielo, los árboles, las flores, los animales, los hombres. VER me hace feliz. Soy feliz por estar vivo todavía. Quisiera acariciar una vez más los senos de Alicia para no estar solo. (p. 52)
Me gusta muchísimo el vino. Rejuvenece momentáneamente mi alma gastada. El vicio consiste en que algo nos guste en demasía.
Hay dos clases de gentes virtuosas: unas cuyos deseos son débiles y que resisten con facilidad a las tentaciones. Y otras que, voluntariamente, van en contra de su verdadera naturaleza. Estas son raras. Entre ellas hay locos que se torturan a sí mismos para agradar a Dios. Y hay también seres excepcionalmente buenos que se sacrifican por amor o por piedad. Son los únicos que pueden hacer que me sienta inferior.
Los otros no valen más que yo. Son sólo seres prudentes que no aman nada con pasión. Avanzan en la vida durante mucho tiempo sin caer, pues no se inclinan ni a izquierda ni a derecha. Los hábiles y los triunfadores son equilibristas.
¿Por qué hay que ser virtuoso? Para que la vida prosiga. ¿Y por qué es necesario que la vida prosiga? Dios no podría contestar a todos los por qué del hombre. Si contestara seguramente diría que creó el mundo porque no podía hacer otra cosa. Y declinaría toda responsabilidad. Así somos todos. (p. 54)