martes, 3 de marzo de 2009

MARTIN IGNACIO BARO

Una Psicología de la Liberación, por otro lado, implica-necesariamente- lidiar con el discernimiento de preceptos éticos como los que ha esbozado en su fructífera obra Enrique Dusell (1998): el principio de producción y reproducción de la vida, la validez intersubjetiva crítica, y la factibilidad, entre otros. Implica tener como sustento material ético de una propuesta liberadora a un ser humano corpóreo, pulsional, en comunidad. Ese tiene que ser nuestro referente último, “humanidad sufriente” (Marx) con la que hemos de cooperar para constituir “comunidad crítica”, de la que tenemos que formar parte, con la lógica de compañeros, no de maestros.

Martín-Baró fue claro en esto. Se trata del “compromiso crítico” con las aspiraciones, y los intereses de las mayorías. Parafraseando a un eminente teólogo, si la psicología elitista y críptica tiene tras de sí laboratorios y bibliotecas ilustradas, una psicología liberadora tiene tras de sí pueblos. Se privilegia la perspectiva de las víctimas, que, escribía IMB, no sólo “tienen más razón, sino mejor razón”. La calidad de esta perspectiva tiene que ver con la experiencia vital de quienes son negados por sistemas de dominación, que los coloca-como posibilidad, no como certeza- en mejores condiciones para explorar y apreciar la alteridad.

No se trata de que “no se pueda ignorar la injusticia y la miseria” (ya que hay muchas maneras de “no ignorarla”) sino de un involucramiento activo, solidario, cooperativo y una implicación personal con las víctimas en la compleja tarea de articular comunidades críticas que impulsen la transformación