miércoles, 13 de mayo de 2009

VICENTE ZITO LEMA

Entrevista

El intelectual como subversivo

H.I.J.O.S. Rosario

Poeta, escritor, militante político argentino, ex-director de las revistas "Crisis" y "Fin de siglo". Ex- director de la revista "La Maga".

- Los otros días vos hablabas de la práctica del intelectual como subversivo, de la función del intelectual como subversivo, yo te quería preguntar: ¿cómo relacionas esto con la estética, la creación y su relación con los proyectos políticos liberadores?

- Una vez escribí, en relación a Ernesto Guevara, que en realidad la vida de él se podía apreciar y servía de materia de reflexión desde la estética. Quiero decir con esto: para mí la estética remite obligadamente en Occidente a los conceptos de Hegel, él organiza la estética como esa parte de la filosofía que determina qué es lo bello y las posibilidades o no de que las obras de arte sean capaces o no de despertar en el espectador o receptor de esa obra de arte, la sensación de que está frente a un estímulo de belleza; y obviamente este estímulo de belleza, este concepto de belleza es un modelo, y ese modelo remite al arte griego, y eso prácticamente quedó instaurado en Occidente. Creo que esto tiene rasgos positivos, pero también tiene enormes perversidades, porque parecería ser que en definitiva el arte tendría que responder a un concepto absolutamente estático, y que además ni siquiera es universal en el conjunto del occidente, porque esa belleza que reclama Hegel analizándola desde las obras de arte griego, en definitiva, es una visión armónica que descansa en un cuerpo humano, básicamente en el cuerpo humano de la mujer centroeuropea. Por lo tanto desde ese espacio todo lo que podría ser América Latina, la América Latina mestiza, quedaría al margen de ese modelo de belleza y tanto es así como que las obras de arte de las culturas originarias de América Latina nunca han sido aceptadas como tales por los críticos de arte, por los filósofos de arte de occidente y se las considera creaciones antropológicas, trabajos antropológicos y no obras de arte. Este concepto de belleza imperante en occidente, en relación a su aplicación en América Latina ya remite a un orden de opresión, de exclusión, de marginación, de sumisión frente a un poder que lo establece. He ahí entonces cuando digo que un artista tiene que ser un subversivo, y eso es un principio general, Niestzche lo marca para los artistas incluso europeos, un artista tiene que desafiar siempre el orden de su tiempo, el poder de su tiempo; pero si esto es visto desde los países de América Latina se torna más imperioso todavía. Insisto la estética ésta, está hecha en función de una realidad social, económica, cultural, física, material, de una realidad de mitos y de sueños y de tabúes que no conlleva lo más profundo de lo que puede ser la propia historia, la propia sensibilidad, las propias necesidades, la propia apetencias de orden, armonía y equilibrio que puede tener la gente de este continente.

Y de ahí entonces cuando digo que Ernesto Guevara puede ser visto como un constructor de una estética, lo estoy diciendo, desde el lugar en que él desde una práctica que incluye el deseo de transformación total de la sociedad y que apunta a esa transformación en tanto total en cada una de las particularidades, la económica, la política, la filosófica, la artística, la estética también. El mismo cuando escribe sus poemas reivindica la cultura mestiza, se reivindica como mestizo por más que su familia tenga un origen europeo, pero es su posición ese asimilarse, ese integrarse en la visión del mundo del desposeído, en la necesidad de cambiar su situación en el mundo; y al decir estética es porque su visión es de una gran armonía, precisamente porque abarca la cosmovisión en todos sus aspectos. Cuando el Che habla de cambiar el mundo, de transformar el hombre, de construir al hombre nuevo, lo está viendo desde la totalidad de la condición humana, de la totalidad de los vínculos y de las relaciones que los hombres pueden tejer entre ellos y con el universo, con la materia en general. Desde ese espacio, entonces lo que hace el Che, lo que construye como práctica revolucionaria es desde una conceptualización estética en el sentido de la totalidad, porque no olvidemos que en definitiva él habla de belleza, pero también en su obra él aclara que en los escondrijos de la belleza finalmente lo que está ahí como base final es la verdad. No creo que pueda hablarse de una belleza basada en la falsedad, en la mentira, sino en la verdad profunda y esa es la búsqueda estética en definitiva: la búsqueda de la verdad más profunda de las relaciones humanas, de las relaciones de los hombres concretamente con la materia.

Entonces los artistas que enfrentan el mundo desde la simulación instalándose con una mirada - generalmente por cobardía, por prejuicios- no lo hacen desde la profundidad del ser, sino desde una mirada que en definitiva esconde el miedo a la verdad profunda que tienen las cosas, pasan a ser esclavos de esa mirada de temor, de miedo, de complicidad con el poder que los pone fuera de la verdad profunda y al ponerlos fuera de la verdad profunda les guste o no, están también fuera de la belleza profunda. Entonces vemos obras de arte, especialmente en estos tiempos de confusión, que quieren amparase en un código estético y en definitiva no resisten ni siquiera el código estético hegeliano en donde procuran refugiarse, porque son obras del miedo, de la sumisión, obras de la acomodación a las miserias que el poder brinda a los artistas, cualquiera sea la tarea de seducción que el artista quiera hacer frente al poder, porque siempre en definitiva será el poder el que utiliza al artista en su beneficio, más allá que el artista crea que puede invertir esta relación. Por eso si un artista, si un intelectual, quieren serlo de verdad, no les queda otro camino que enfrentar al poder de su época, y cuánto más injusto sea este poder, obviamente más duro va a ser el desafío y más peligroso pero un intelectual o una artista tiene la necesidad absoluta de buscar verdad y buscar belleza y sino la busca no es un verdadero artista, no es un verdadero intelectual y para llegar al fondo de la verdad y de la belleza hay que jugar incluso la vida, porque el poder es duro y el poder cuando se siente en peligro tira por la borda todas las prácticas de legitimación, de paz con que se encubre y muestra su verdadero rostro que es un rostro de muerte.

- Hablabas también del intelectual como la policía mental del poder, ¿qué significa esto?

- El poder no puede existir sino tiene también estructura de pensamiento. Uno no puede imaginarse un poder en acción porque el poder - y esto Foucault lo explica con muchísima claridad- no es una conceptualización pasiva, el poder es acción, el poder no es el tener sino el ejercerlo y el poder se ejerce desde todos los medios y en general uno tiene después una visión de lo más ostentoso, o de lo más visible que obviamente son las instituciones de la represión, se llame policía, ejército, jueces, se llame con mirada un poco más profunda educación. Uno en general tiene como una idea del poder relacionado con el ejercicio de la violencia del Estado, pero esta es la cara externa y necesaria del poder, porque el poder sin violencia no es poder, las estructuras más profundas del poder son básicamente de naturaleza económica, y para llevarlas a cabo no es simplemente la defensa de la propiedad privada, sino está toda, por ejemplo, la justificación de la propiedad privada, filosófica, jurídica, religiosa, estéticamente y esto se lleva a cabo a partir de los intelectuales y de los artistas. Cuando Adam Smith habla de la necesidad del capitalismo, de la riqueza, de la propiedad privada, no se trata de un policía simple: se trata de un profundo intelectual de su época que está dando los justificativos filosóficos, económicos, de mantenimiento del poder como tal; para la legalización de la apropiación de la riqueza de un sector en detrimento de otros sectores mucho más vastos, generando una injusticia, pero a la par justificándola filosóficamente y esto lo hacen los intelectuales. Cuando se organiza todo un orden jurídico, con normas, constitución, leyes, decretos, código penal, civil, comercial que organizan toda una visión del mundo en defensa de la propiedad y con un castigo hacia aquel que la viola, esa es una tarea de juristas, de filósofos del derecho. Esa ley determinando, por ejemplo, que el que reitera un robo de autos tiene una pena de hasta 25 años de prisión, cuando una violación son 3 años; cuando un ebrio mata a un chico por la calle y se considera como un homicidio no culposo y entonces alguien mata a otro borracho y tiene una pena no mayor de tres años que le permite salir en libertad pero si alguien roba dos coches tiene una sanción de hasta 25 años: este disparate del sentido común está organizado por juristas, por filósofos del derecho que le dan toda, una legitimación para que luego la justicia, la policía pueda hacer cumplir efectivamente tamaño atentado mínimamente contra el sentido común, y esto ¿desde dónde está hecho?, no está hecho desde el departamento de policía, sino por verdaderos intelectuales y esto se repite en todos los órdenes.

En el orden de la educación, la ley federal de educación es una ley terrorífica en su conceptualización y no está hecha por la policía ni por el ejército, está hecha también por intelectuales. Uno ve luego los efectos prácticos, uno sale a la calle, protesta contra la ley federal de educación, tira una piedra y rompe un vidrio, ¿qué va a venir? ...el palo de la policía, los gases o los tiros, pero detrás de ello hubo todo el accionar intelectual de un grupo de educadores, que son los que de verdad organizaron ese pensamiento que finalmente lleva a una sola meta: que una minoría tenga el poder, que la concentración del capital sea cada vez más fuerte, y que se legitime en todos los órdenes de la vida, en todos los órdenes de las relaciones humanas esta injusticia esencial que es la base de existencia del poder como tal. Los profesores de la universidad que están deformando a la mayor parte de la juventud en una práctica nefasta para los intereses de la mayoría, profesionales que van a contribuir a reproducir el sistema de legalizaciones perversas, en definitiva, para cualquier elemental sentido de justicia: son intelectuales. Son intelectuales perversos al servicio del poder y desgraciadamente no son la excepción sino que históricamente han sido la gran mayoría.

- Y cuál es el papel, en este contexto desolador, de los mecanismos de resistencia frente al poder?

- Los mecanismos de resistencia frente al poder también son históricos. No son estáticos. Dime cómo es el rostro del poder en ese tiempo y te diré cómo debe ser el de la resistencia. Para que exista la resistencia tiene que haber una dominación del poder, una dialéctica: en relación a ese tipo de opresión hay que gestar el tipo de resistencia y esto tiene que ver con cada época histórica, es lo que llamaríamos el discurso de la época, el discurso de la violencia del Estado, del poder, y el discurso de la violencia de la resistencia que tiene que darse en cada momento histórico en relación también al nivel de conciencia concreta de la sociedad.

Estamos a 29 años del Cordobazo, el nivel de conciencia de los estudiantes de Rosario, de Córdoba y de Corrientes que básicamente fueron los primeros que se levantaron en esos meses, los que incluso tuvieron los muertos de aquellos días, era tan alto que le permitió - con el sacrificio incluso de sus propios muertos- enfrentar al poder de una manera que hoy realmente es imposible de imaginar. Toda la sociedad estaba padeciendo una situación muy dura, pero también había una perspectiva de cambio, había líderes para organizar ese cambio; y entonces lucharon desde un nivel y una práctica muy dura e incluso alta para este momento histórico. Hay que ver también todo lo que estaba pasando en ese momento histórico, por ejemplo incluso el tema de la ocupación y la desocupación: en esos tiempos - estamos hablando de los años '69 y 70- prácticamente en la Argentina no había desocupación, esto conlleva a consecuencias prácticas muy determinantes de la conducta real, no de la conducta del deber ser, sino del ser concreto. Un obrero podía hacer una huelga, por ejemplo, y sabía que si lo echaban de esa fábrica, en una semana, quince días, un mes, dos meses ya tenía la posibilidad concreta de estar trabajando en otro lugar - no quito los méritos de mi generación- en esa época, la desocupación, que es lo más terrible que le puede pasar a un trabajador, no tenía el grado de porcentaje tan alto como el que tiene hoy, con todo el miedo, la angustia, la enfermedad, el desaliento, el refugiarse en prácticas más individualistas que provoca.

Y al hablar de la desocupación de los trabajadores también estoy pensando en los estudiantes, hijos de esos trabajadores que podían estar en una situación de mayor tranquilidad que la que están los hijos de los trabajadores en estos tiempos, y también estoy pensando en los muchos estudiantes que trabajaban, porque la universidad había alcanzado por su propia lucha posibilidades de estudios - que para esta época son casi inimaginables- realmente excepcionales. Todo eso, entonces, hacía también que cuando a los estudiantes se les quiera privar de sus conquistas como sucede cuando quieren cerrar los comedores universitarios que era la posibilidad concreta para que los estudiantes estudiaran, y vivieran y pudieran seguir en las universidades, porque dependían de la comida que se daba en los comedores, resistieran cómo resisten con la violencia, con la fuerza, con la organización que resisten en aquellos tiempos, y desde ahí una de las razones reales por las que se desencadena el Cordobazo. Los comedores universitarios para un estudiante no era un elemento banal, era un elemento concreto de su cotidianeidad, de su posibilidad de subsistencia, de desarrollar su trabajo, su estudio, administrados por los propios estudiantes y que les permitía en la práctica vivir, además eran centros de comunicación muy profundos, se encontraban para el almuerzo, para la cena, en un mismo espacio, en un nivel de fraternidad, de camaradería que permitía, junto con las farras y los chistes y todo lo que es propio de la juventud estudiantil, también la discusión sobre temas concretos y eso iba permitiendo esa unidad, ese estar en grupo, la solidificación de un discurso común, y de un discurso de alto nivel de conciencia crítica.

Hoy a los trabajadores les cuesta encontrarse para tener esos espacios comunes, que permiten no sólo la amistad sino también grados más profundos de compañerismo, de fraternidad, de solidaridad, es un ámbito propicio para la reflexión, para el intercambio de ideas, para el crecimiento de vínculos muy sólidos, entonces de golpe esos vínculos crecen, se hacen profundos y cuando se da el caso que un estudiante de ellos es lastimado, golpeado, encarcelado, ya no se trata sólo de una fraternidad ideológica, se trata de una fraternidad concreta de carne y hueso, humana, cotidiana y eso hace que el grado de compromiso se haga más fuerte, los lazos eran mucho más profundos en la juventud de aquellos tiempos en las universidades, en las fábricas y además insisto: estaba la posibilidad de conseguir trabajo y no sufrir. Ahora no, la mayor parte está lastimada, golpeada por el flagelo de la desocupación; entonces las posibilidades de resistencia no se pueden medir de manera aislada, porque esto de científico no tendría nada.

Tampoco es lo mismo una práctica frente a una dictadura que frente a gobiernos que tienen una legitimación mínimamente del voto de la gente, no es tan fácil hacer ver a la gente la diferencia entre un gobierno legitimado por el pueblo, pero luego perverso en su practica cotidiana. Una dictadura es terrible por el factor de represión pero también divide las aguas con una claridad mayor que en este otro tipo de democracia donde nunca se tiene en claro quién es el verdadero enemigo, y confunde mucho porque esto es humano y hasta de alguna forma valorable, los seres humanos quieren hacer los cambios con el menor pago de dolor, y me parece justo porque sino sería enfermo, entonces la gente apunta siempre a lograr los cambios de la manera más fácil. Entonces cuando hay una democracia, la gente con razón cree que si eligió un gobierno tiene asegurada la posibilidad de transformación. Es muy difícil, además va también todo involucrado con la situación concreta de esa persona, con la actuación de los medios de comunicación que le van gestando la ilusión mágica que por que ganó una ilusión, ganó la persona que él quería con su voto que ganara, a partir de ahí el mundo cambia y es muy difícil decirle que eso no es así. Por lo tanto entonces, la resistencia que se organiza desde la desilusión, desde la comprobación de la gente que con ir a votar el mundo así solo no se cambia, lleva su tiempo y tiene también sus modalidades concretas de resistir frente a la opresión que en cada época sufren los sectores más excluidos por el propio sistema de la posibilidad de desarrollo particular.

Hay épocas en que la insurrección como la del Cordobazo es posible, una guerrilla es posible, y hay épocas en que se dan otras formas. Quizás los piqueteros, quizás el nacimiento de organizaciones de derechos humanos mucho más fuertes que en nuestra época. Siempre fui militante de DDHH, éramos una minoría, porque en aquella época éstas eran vistas como un lugar no necesario, no se las valoraba como se las valora hoy. Desde los años 68, 69 empecé a militar, éramos un grupo de abogados y familiares directos de los presos políticos. Hoy por hoy la defensa de los DDHH se ha extendido. Las madres de plaza de mayo: la resistencia de un país en un momento dado estuvo descansando sobre la espalda de este grupo de mujeres y esto no sucedía en los años '70, no porque no hubiera madres que tuvieran sus hijos muertos o presos, la resistencia se daba desde otras formas. Llevo más de treinta años militando en una práctica, en el espacio que pude en cada momento histórico resistir frente al poder, veo los cambios que se han dado, veo que mi propia manera de actuación ha sido distintas y no porque me gustara a mí hacer una u otra, sino que en cada momento histórico las posibilidades, la metodologías, el discurso cambian; no hay una resistencia igual porque sería un concepto ahistórico, el poder es histórico, el poder cambia, el poder tiene formas contínuas y dinámicas de ejercerse, de mantenerse , y la resistencia a la par, también cambia en tanto cambia la manera y posibilidades y el nivel de conciencia que legitima el accionar de la resistencia al poder.

- Desde nuestra propia práctica frente a una sociedad absolutamente fragmentada se van construyendo pequeños espacios de resistencia en distintos ámbitos sociales, barrios, escuelas, en la universidad ...a uno le cuesta ver mucho más a estos espacios dentro de un proyecto más global, tenemos un grado de incertidumbre muy alta, sabemos lo que hacemos, cómo: lo construimos con la gente, pero falta ...

- Porque falta un proyecto, nosotros teníamos un proyecto, un proyecto de revolución. La generación nuestra lo creyó realmente, que se podía hasta dar la vida por una revolución. Creo que esto es un elemento fundamental que no se tiene hoy, a lo sumo hoy se tiene conciencia de la obligación ética de resistir, pero seamos honestos: no vislumbramos en lo inmediato un triunfo y esto cambia todo. Por eso en esta época, valoro tanto o más el accionar de la gente joven, el accionar de los que resisten, porque ni siquiera tienen ante sus ojos la ilusión del triunfo, y sin embargo resisten. Recuerdo cuando hicimos la marcha y tomamos la cárcel de Villa Devoto, participé y entré en la cárcel, era abogado de muchos de los presos. Empezamos la marcha y seríamos unas 10.000 personas, y cuando llegamos a la cárcel y la rodeamos éramos como 70.000 personas, y cuando nos tiraron tiros y nosotros pedíamos a los compañeros que no respondan a la agresión, porque teníamos miedo que a los presos los fueran a asesinar; la gente tuvo el coraje, la valentía - murieron compañeros en ese tiroteo- de no responder pero si de apretar el cerco contra la cárcel hasta que al final se abrieron las puertas, y entonces honestamente, pensé que como en la toma de la Bastilla, tomábamos el penal de Villa Devoto.

No son palabras menores: única vez en la historia de la Argentina que se toma un penal y se liberaron a todos los presos. Recuerdo compañeros amados por mí, por ejemplo el poeta y periodista Francisco Urondo, recuerdo cuando salió de la cárcel, y no porque un juez dispuso su libertad, salió realmente porque las condiciones políticas de la época, la lucha de la gente, la toma del penal lo permite. Entonces, uno dice, la puta si fueron 70.000 personas rodeando un penal, abriendo las puertas - hoy por hoy cuántos podríamos convocarnos realmente para sacar a un preso de una cárcel, es como imposible imaginarlo- entonces si uno logra eso, dice estamos cerca del triunfo y eso te da una euforia, y si te tenés que morir te arriesgás. Muchas veces la gente piensa que éramos todos locos, no: cuando había que jugarse la vida uno lo hacía, pero no porque éramos más valientes que esta generación ni nada de eso. No me considero ningún héroe, pero todas las veces que tuve que jugarme la vida en esos años, sentía que era posible hacerlo, era necesario, porque uno sabía que podía ganar una revolución, entonces el ser humano cambia, le sale a flote lo mejor, lo mejor de su fraternidad, de su conciencia, de lo que él tiene de positivo y en épocas de retroceso no sale lo mejor de cada uno, sale lo peor.

En estas épocas es muy difícil la construcción porque además no está claro que se le puede ganar al enemigo y no está claro cuál es el camino, en aquellos años era también más claro: ahí enfrente estaba una dictadura, que había que vencer, la situación internacional era distinta, los vietnamitas habían derrotado al imperio más grande de la época, un imperio más poderoso incluso - con la posibilidad de la comparación histórica- de lo que fue el imperio romano y es vencido por un pueblo de gran cultura, con escasez de recursos militares y económicos absolutos, con inteligencia y un sacrificio único y dirigido por un gran intelectual y poeta como fue Ho-Chi-Ming. Entonces nosotros decíamos: si los vietnamitas que son más pobres que nosotros lo lograron, ¿cómo no lo vamos a poder hacer nosotros?. Uno tenía por un lado a los vietnamitas que derrotaban a EEUU, por otro a los cubanos construyendo el socialismo con el Che desafiando al mundo, a los filósofos, a los poetas, a los escritores, a los economistas de la burguesía, desafiándolos y derrotándolos con su pensamiento pero también en las armas. La revolución cubana construyendo una alternativa socialista y, con todas las contradicciones y sus mil defectos, también existía el socialismo en una parte de Europa, aunque uno fuera crítico de todos los errores de opresión que fue, por ejemplo, la época de Stalin, fui crítico en esa época cuando era difícil y no ahora, con todos esos déficits era un poder que podía enfrentar al imperialismo de la época y a la concepción de que sólo existe sobre la propiedad privada generaba la posibilidad de alternativas que existía un modelo alternativo al del poder. Existía entonces la posibilidad de construir un proyecto de cambio, nosotros hablábamos de socialismo: más nacional, menos nacional, más cubano, más vietnamita, más mirando a los rusos, según quien lo quisiera, más con sesgos peronistas, más con sesgos cristianos, más con sesgos marxistas... con diferentes matices todos apuntábamos a la construcción del socialismo, y a nadie le parecía un disparate.

Se discutía sobre cómo construirlo, cómo construirlo en la universidad, como las cátedras de historia del arte por ejemplo, yo era titular de Historia del Arte, y discutíamos la concepción socialista del arte, con Paco Urondo, Gelman, Carpani, Luis Felipe Noé, éramos los titulares del Dpto de Arte en la facultad y discutíamos cómo construir el socialismo en la Facultad de Filosofía y Letras, era nuestra tarea específica en una época y hoy eso sería como una locura imaginárselo, los estudiantes nos mirarían con asombro, porque las condiciones no es lo que se discute. El discurso de la época ha cambiado, entonces eso hay que tenerlo claro, para tener claro que hay hoy dispersión en los esfuerzos, no hay una unidad en los distintos focos de resistencia, pero eso no es culpa de los compañeros, es que todavía no llegó el momento de la maduración del proyecto de cambio total, y cuando madura, porque eso es una tarea que no es la voluntad de un intelectual o un grupo de intelectuales, o un grupo de militantes que dice tenemos el proyecto. La historia enseña que ese proyecto es una tarea de creación común, un deseo común, una voluntad común, un sacrificio común, y eso se gesta, socialmente casi mágicamente se gesta con las discusiones y con las diferencias, pero se gesta, es una construcción absolutamente colectiva, yo he participado y se que existe.

Es una proyección colectiva, como los cantos de las hinchadas en un partido de fútbol, soy escritor y voy a la cancha y nunca cantaron una consigna mía, de pronto alguien dice algo y es eso, y yo la repito - y eso que soy un profesional de la escritura- pero es como otra cosa, ese momento surge ahí, nadie sabe quién la hace, nadie es dueño pero surge, así también en los grandes proyectos los intelectuales participan, obviamente y aportamos, pero no somos los dueños del proyecto, contribuimos. Eso se da y cuando hay un proyecto y ese proyecto empieza a crecer la posibilidad de lucha se hace más fácil, hasta el sacrificio se hace más fácil, por eso valoro tanto que en estos instantes, a pesar de que la correlación de fuerzas es muy negativa para el campo popular, se sigue igual apostando al cambio, construyendo pequeños focos de resistencia, aunque no sé si es el momento de tejer esos focos, porque no es la voluntad de uno es un tiempo histórico.

Tengo conciencia de que esos focos existen, que cada vez son más y que la gente va tomando poco a poco conciencia de la necesidad de tejer esos focos, pero por más que a nivel particular cada uno de los que participan en ellos tenga claro que eso hay que unirlo, también tengo claro que esa conciencia, ese deseo tiene que estar, pero esa conciencia o ese deseo solo de uno o de un grupo, no determina de por sí el nacimiento de ese tejido, es una tarea larga.

Cuando se da en aquellos años, no es porque lo inventamos nosotros, es porque hubo desde el año 55, especialmente podemos decir, con la caída de Perón y la resistencia peronista, empieza una larga etapa: son 20 años de lucha. Nosotros gestamos una posibilidad, el poder toma conciencia de que estaba en vía de perder ese poder que tiene, entonces la represión, no es que fue una represión de locos, o de gente perversa, o de malos; es la reacción normal de un poder cuando está en peligro actúa en función directa del nivel de amenaza. Si fue tan duro el poder con nuestra generación fue porque por primera vez en la Argentina el poder estuvo a punto de perder. Tenemos muchos compañeros muertos, y esa enorme cantidad de compañeros es precisamente la demostración de que nosotros estuvimos a punto de triunfar.

El poder, salvo que esté ejercido por un psicópata, actúa científicamente en reacción a la amenaza que tiene, de la presión que sufre, si fue tan duro con nosotros es porque nosotros en aquél momento fuimos un verdadero contrapoder, y si no actuaban como actuaron los hubiéramos derrotado, así de simple. Por eso no lloro desde ese lugar, me duelen mis compañeros obviamente, pero tengo conciencia y siento alegría de haber participado de un nivel tan fuerte de lucha como fue el nuestro.

Y hoy hay que ver como son las cosas, hay que valorarlas, yo creo que hoy más que tejerlas hay que crearlas, así como el Che decía uno, dos tres, Vietnam, yo digo hoy con humildad pero con convencimiento, uno, dos, mil focos de resistencia. Me interesan más, el acrecentamiento del número de focos que el propio tejido, por ahora. Hacen falta más focos de resistencia, que se extiendan más, que crezcan más, y ya llegará el momento en que digamos naturalmente empezarán a tejerse. Por ahora el nivel de conciencia es que debemos resistir, debemos mantener la creencia de que somos sujetos históricos, que no está escrito en ninguna parte que este modelo económico- social-cultural es el único posible, en que la fraternidad es una necesidad que hay que mantener y construir y que no hay que perder la ilusión y la esperanza, en tratar de no degradarnos más de lo que el sistema por naturaleza degrada en esta etapa, y con esos pequeños elementos éticos, se trata de mantenerse, de no aflojar, y de contribuir desde la experiencia de cada uno a que el numero de focos de resistencia sea mayor.

A mí particularmente me interesa, muchos, muchos focos, insisto, más en este instante que las instancias de unificación de esos focos, porque tengo miedo de que todavía el nivel de conciencia crítica de los que estamos en la resistencia no de como para el establecimiento de verdaderos lazos de unidad, no se trata de la unidad por la unidad declamada, sino como un salto cualitativo de nuestras fuerzas y de la construcción de nuestro proyecto de cambio. Porque sino tejer falsamente puede convertirse eso en una estructura más fácilmente destruible desde el poder; hasta que no tengamos fuerzas, quizás sea mejor mantenernos en esta situación sin perder la conciencia de que debemos dar el salto, pero el salto hay que darlo en el momento adecuado, venimos de una derrota muy dura como para intentar nada más que desde el deseo, de la voluntad, crecer allí donde todavía nuestra fuerza no nos permite estar.

- Hablabas de la nueva fragmentación, lo que hay que tejer, hay una memoria histórica por retazos; ¿cómo interpretas esto de la memoria histórica, de una identidad nacional fragmentada?

- Hay una memoria histórica fragmentada, primero por una arrogancia propia de todas las generaciones. Recuerdo un pensamiento de Rodolfo Walsh, él decía que el pecado de los revolucionarios es considerar siempre que la revolución empieza con uno; uno pierde la memoria histórica de que antes de nuestras luchas hubieron otras. Por eso recalcaba todo lo que la resistencia peronista fue, pero alguna gente, de golpe desde una posición socialista o marxista, por ejemplo puede creer que el peronismo fue siempre este desastre que muestra hoy Menem, y no es así: el peronismo está lleno de combatientes, de gente hermosísima que tiene una historia de resistencia y de lucha, y antes de los peronistas estuvieron los comunistas, y antes los socialistas, y antes los anarquistas, aquí hay una larga pelea histórica. Por un lado se da esa cosa casi natural de cada generación de creer que todo empieza con él, es casi propio de un pensamiento juvenil que no está mal porque si uno se deja apabullar por la historia tampoco es capaz de hacer nada, cada generación tiene que darse el desafío de querer construirlo todo; pero para que esa construcción sea posible, lo ideal es que se tenga una conciencia histórica que no quite ese deseo de cambio profundo pero que tampoco quiera destruir todo lo que se construyó porque entonces ese cambio se convierte imposible. Por otra parte está algo que muchas veces se ha dicho pero que es cierto: el poder escribe la historia, un discurso donde, obviamente, entre otras cosas, no se transmiten por vías de educación, de medios de comunicación, de lo que acá se llama la cultura, el pensamiento de los derrotados.

Hoy ¿a quién voy a pedirles que en la facultad de Filosofía y Letras enseñen lo que pensaba por ejemplo, Paco Urondo? Nadie habla de sus poemas, de sus novelas, de su pensamiento en general, y claro ¿ por qué no hablan? : porque fue un revolucionario que perdió. La mayor parte de los revolucionarios cuando pierden pagan siendo parte del silencio y del olvido, hoy por hoy, la gente joven no sabe quién fue realmente Agustín Tosco, no se enseña en las universidades quién fue tal vez la persona procedente de los trabajadores con el nivel de conciencia crítica, con la capacidad del verdadero intelectual más grande que conocí en este país. En historia no se habla de Tosco, y así entonces se van dando dos cosas: por un lado la arrogancia juvenil que todos hemos tenido de creer que el mundo empieza con nosotros, y por otra parte desde otro lugar de la inteligencia, el poder tratando de fragmentar la historia, tratando de silenciar el ejemplo de la gente que realmente se podía constituir en paradigma de un cambio grande.


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Quemarlo todo

(Pasión por los niños muertos en Tucumán)

Por Vicente Zito Lema

Esos cuerpitos, niños enterrados en cajones rústicos, pequeños, casi de manzanas, frutos desechos, materia escasa y lúgubre del árbol de la vida que en ellos apenas ocurrió.

Cuerpitos mínimos, umbrales del deseo, nacidos y condenados desde la primera luz a una oscuridad sin tapujos, fatalidad extrema que no conocerá la piedad de soñar otro destino frente al espejo quebrado de la finitud.

Cuerpitos saqueados hasta de la capacidad de símbolos para una esperanza, o el engaño final. Muertes alucinadas, muertes de un terror vacío, muertes como espacios en blanco, humildes y sin defensa. No el martirio sagrado de los héroes y los cristos sino un inevitable y mecánico sacrificio sin adioses ni promesas de redención; muertes para la muerte, igual que los corderos ante el mazazo del matadero.

Cuerpitos de madres pobres que ahora rezan a sus angelitos y mañana tendrán otros angelitos también para las muertes si antes no nace un odio gigante, porque la conciencia también puede nacer como un odio gigante en los cuerpos de los niños y sus madres del sacrificio en un país que conoció tanta muerte que se olvidó de la vida.

Hablo de los cuerpitos, estoy ante las fotos, me miro en los ojos ahora bajo la tierra de Tucumán, cuerpitos humillados en la inmensidad sin nombres ni memoria, simple comida para los bichos que no tendrán hambre, porque los cuerpitos fueron todo el hambre posible en la hambruna cruel de un país más que cruel en su perversa y tan larga ceguera.

De las almitas de los niños sacrificados -¿o no hubo aquí un sacrificio público?- se encargará algún Dios, si es que aún existe y atiende tales menesteres. Son almitas puras, inmaculadas, sin amores, sin odios. Ni siquiera tuvieron tiempo, o aliento, para las pasiones.

Acaso las almitas no sientan el hambre, ni guarden recuerdos del cuerpo que las albergó.

Los cuerpitos sí conocieron cada una de las palabras del hambre, y los gritos y el silencio que arriban con lo peor del hambre.

El hambre fue la muerte, que no necesitó guadaña ni vistió sus mantos negros.

Una muerte sin bombas, sin tiros, sin el cuchillo que desgarra la carne. Una muerte sin alaridos ni sangre, sin más obscenidad que la propia muerte. Una muerte limpia para que no manche sus manos el Poder.

La realidad es muy simple, como una piedra que sostiene otra piedra: el hambre de los niños es la muerte de los niños. No muestra sonrisas, tampoco lágrimas.

Estas muertes no conocerán el duelo de los serenos, escapan a la sublimación de los bien pensantes, rechazan y rechazarán la justificación de los justos que reproducen la justicia encaramada sobre cruces y tumbas. Son muertes para escupir sobre la justicia, sus jueces y sus tumbas.

Músicas sin música, cuerpitos para el hambre, almitas sin gracias celestes que padecieron en la tierra el infierno de los pobres...

Niños muertos de Tucumán en la última estación de la tristeza...

Aquí, en este país, donde por miedo, obsecuencia, especulación o egoísmo, con conciencia o con alineación, por ser idiotas o por ser perversos, o por lo que mierda Dios sea, buena parte de su sociedad se dejó llevar a sus vivos y no enterró a sus muertos, y más tarde, con liviandad que asquea y pone un carbón ardiente en la punta de la lengua, arrimó hasta las manos del verdugo la soga para su propio ahorcamiento; aquí, en este país, donde las sobras de la comida se disputan a golpes y mordiscos por las calles, se terminó la inocencia.

Una a una conocemos las luces para resistir, pero también las sombras para el espanto.

Todos sabemos qué está pasando en el país. El inventario de desgracias rebasa el libro y la paciencia del buey apesta por los cuatro costados.

Más todavía: las causas de la desgracia ya se exhiben desnudas, con la grosera pornografía con que un poder pagado de sí se arroga las llagas que provocó.

Hay nombres y apellidos para el Terror de Estado del ayer; las muertes por hambre (y por represión) del hoy, y las lágrimas por los caídos que se sucederán en las luchas de mañana. Nunca un Imperio, el sistema de producción económica que lo sostiene, las clases dominantes que administran los territorios periféricos –y resguardan hasta el máximo su visión del mundo y sus privilegios–, y la cultura de tánatos que justifica y da razones sobre su existencia, abandonan el campo de la batalla de la historia sin provocar el estruendo, el daño y el dolor que ya es parte de la larga memoria de los pueblos.

Hablamos del hambre, la pesadilla que tiñe con crueldad las horas que se viven.

El hambre no lo provocó la ira de un Dios vengativo, o sufriente por el escaso amor de sus criaturas perdidas en el desvarío de un sálvese quien pueda. El hambre tampoco vino a caballo de una naturaleza despiadada o sumida en el desorden por terremotos, plagas o sequías.

La tierra sigue generosa, las lluvias no alteran su buena medida. Se amontonan las frutas y verduras y explotan de granos los silos. La comida sobra. La comida da, da y da riquezas. He ahí el drama: la comida ya no es comida. La comida es, por sobre todo, riqueza. Que no se distribuye. Que se acumula. Que se convierte en instrumento de usura, en poder político y en institutos morbígenos. Es una fábula sin tiempo, simple y terrible –más terrible cuanto más simple. Con niños que se mueren de hambre y hombres –y sus empresas y la red financiera detrás de las empresas–, que no terminan de contar la riqueza que les dejan los frutos de la tierra, mientras la belleza del mundo no se detiene, porque también la belleza perdió su conciencia.

Para que una sociedad deje morir a sus criaturas más desvalidas, inocentes, y todo sigue igual bajo el sol, debe haber una organizada impunidad –para escapar del castigo–, una gruesa complicidad –para reproducir la causalidad de los hechos–, y una aberrante plusvalía final, porque un poder rapiñoso saca provecho político mostrando su interés por los cadáveres.

Más allá de fáciles habladurías y compasiones que se pierden en cualquier atajo del camino, hay voluntad en quienes están en el poder, y en muchos que los sostienen como sus representantes, para que las muertes por hambre de los niños se instalen con naturalidad, y hasta aburrimiento, en nuestros días.

Una sociedad amparada en su estructura perversa, y más allá del mono o del verdugo que de la cara, debe seguir castigando a los cuerpitos, condenados por el delito de nacer donde y cuando no se debía.

Que nadie lo olvide. Para eso están sus fotos monstruosas en los diarios y pantallas. Son cuerpos que abundan, que poco sirven; alguien de la escuela de Lombroso diría, mirando sus orejas raquíticas, que nacieron para la mendicidad o el crimen, que suelen ir de la mano.

Cuerpos desechos. Pobres de la peor pobreza. Hijos y nietos de pobres que, si escapan a la Parca, padres de pobres serán.

Cuerpitos que a la hora de los lobos, cuando ya no se rezan rosarios ni se recuerda la letra de la Constitución, morirán de tan definitivamente pobres, de tan desesperados y hambrientos, de tan poquita cosa esos cuerpos y esos almitas que tampoco parecen humanos, aunque la humanidad de los vivos sea apenas la sombra de los pobrecitos muertos.

Hay hoy en mi boca –y acaso en otras bocas– un deseo oscuro y grueso, sin matices, que tensa el campo de la razón y pone al rojo vivo, como en un sueño terrible, el sentido de lo justo y necesario: quemarlo todo.

Buenos Aires, diciembre de 2002


No soy un especialista en el Che. No creo que nadie se arrogue el decir "soy especialista en el Che". ¿En qué Che? ¿En el Che poeta, en el Che economista, en el Che revolucionario, en el Che estadista, en el Che teórico? En las complejidades de ese ser humano que pareció capaz de agotar en pocos años de vida innumerables experiencias, que demandan a la mayor parte de nosotros muchos más años que los que le demandó la vida a él. Por eso está muy bien la cátedra, por eso está muy bien que participemos de ella, y que corramos la voz, para que en las próximas clases esta Universidad esté tan llena de gente que quizás tengamos que poner parlantes en la calle para escuchar lo que aquí se dice en el auditorio. Porque el Che se lo merece.

Yo he escrito un libro sobre el Che [La palabra en acción de Ernesto Che Guevara. Poemas, relatos, cartas. Selección y notas de Vicente Zito Lema. Buenos Aires, Fin de Siglo, 1997], tratando de entender su amor por la poesía, su amor por la escritura.

¿Qué leyó? ¿Cómo los autores que leyó contribuyeron a formarlo? ¿Qué escribió? ¿Cómo lo que escribió se organizó con sus propios actos? ¿Y qué se escribió de él? Porque también el Che fue objeto de escritura; desde Cortázar a Benedetti, no hay escritor que no haya intentado decir algo sobre él. Hablo de los escritores que pretenden ser coherentes con la palabra y la vida.

Sobran escritores sobre el Che, en eso se le hizo justicia.

Habría que plantearse si lo que eligió buena parte de nuestra generación como instrumento para modificar la realidad, sigue en pie.

Yo creo en las necesidades que motorizaron al Che, y que motorizaron a buena parte de nuestra generación. Y cada uno hizo lo que pudo tratando de seguir el ejemplo de nuestro hermano mayor, el Che.

Porque para nosotros era un compañero, un gran compañero, pero no un héroe, ni un mito. Porque cuando colocamos a los compañeros como héroes y como mitos, siempre tengo la sospecha que los colocamos en ese espacio, para no hacer lo que nos corresponde a nosotros. Me espanto de quienes hablan mucho del Che, como si hubieran estado a su lado toda la vida. Prefiero los que hablan menos del Che, y tratan de cumplir, modestamente, con la fuerza que tiene cada uno, algunos de los postulados que guiaron su vida.

Yo estoy convencido que lo fundante, que lo definitorio, que lo esencial en el Che, era la lucha contra el capitalismo. Pero no como una obsesión, sino a partir de la concepción teórica práctica de lo que es el capitalismo, que lo he resumido más de una vez, diciendo "la puesta en marcha de la cultura de la muerte".

No es el capitalismo, como la única cosa que el Che veía como lo inmediato a destruir. Era la muerte de la vida. Era la organización de la muerte en reemplazo de la organización de la vida. Era la injusticia instaurada como lectura prioritaria de la naturaleza, prioritaria, determinante, de los vínculos humanos. Contra eso estaba el Che, y en un momento histórico determinado. Habida cuenta de la relación de fuerzas en el mundo, de lo que existía en la oposición permanente entre el capitalismo y el socialismo de la época. Allí había un combate, un fuerte combate que se estaba dando de distintas formas, en buena parte del mundo.

Ahí estaba Vietnam. Ahí estaban las luchas concretas y cotidianas en África, en Asia, y en América Latina. De distinta intensidad, es cierto, pero duras, organizadas y violentas.

Y estaban países que con todos sus vicios, incluso con todos sus errores, de todas formas, ponían en jaque el expansionismo de los EE.UU. y de sus aliados principales. Había en primer lugar, entonces, una necesidad: la necesidad de levantarse contra ese flagelo concreto, cotidiano, que acosa a la criatura humana y que acosa a los pueblos, que es la práctica concreta del capitalismo. No de la lectura de Adam Smith, sino de lo que es el capitalismo en cada momento de nuestra vida cotidiana. Ese capitalismo que muy bien un romántico y un humanista como fue Marx, enseña que ni siquiera permite el amor... El capitalismo está en contra del amor, el capitalismo está en contra del arte. En eso es muy preciso, Marx. Dice "el capitalismo es por esencia, contrario del arte". Y el arte - lo sabemos todos - no es sólo el símbolo por excelencia de la humanidad. Es la mayor posibilidad que tiene la especie para reasegurarse su vida, sin abandonar los grandes sueños que le permiten existir y que la distinguen de las otras especies.

Pero no es sólo el capitalismo como humillación, es también el capitalismo como castración del deseo. El Che ve en la existencia del capitalismo, no sólo una manera concreta de destruir las necesidades de vida primordiales de la mayor parte de la humanidad. Porque en esa destrucción está la posibilidad de rédito, la posibilidad de usura. Cuesta creer, realmente, que el capitalismo en definitiva, se mueva pura y exclusivamente por la usura, y que todo lo que organiza detrás de esa manera de usura de ver la vida, sea el andamiaje cada vez más poderoso que tiene que organizar, que tiene que reproducir, que tiene que reinventar, siempre con nuevas técnicas, con nueva ciencia.

Y detrás de la técnica, y detrás de la ciencia, y detrás de las instituciones y de las organizaciones, y hasta de la guerra, está siempre esa asquerosa y perversa necesidad de acumular con usura. Con la loca idea de que esa acumulación usuraria permite a quien la ejerce, tal vez, vencer la muerte, vencer el miedo a la muerte.

Nos vamos metiendo en temas que seguramente exceden la posibilidad de tiempo que tenemos. Pero si yo tuviera hoy que reinstalar un tema que me preocupa, es ese: el de tener claro qué necesidades y qué deseos hubo en el Che cuando se lanza a la lucha revolucionaria.

Qué situación social, histórica, económica, política, cultural, concreta, acompaña ese momento histórico. Qué valor tenía el instrumento de la violencia, de la lucha armada, ¿por qué era preciso?

Y al día de hoy, plantearnos, en referencia con aquel momento, qué necesidades son similares, qué situaciones son similares y cuáles son distintas. Y en ese marco, cuando la inequidad sigue existiendo, habría que plantearse si existe realmente el deseo, porque la necesidad existe.

Si existe realmente el deseo de destruir el capitalismo y de organizar el socialismo, cuando tenemos claro qué mierda es el capitalismo, pero cuando no tenemos claro - por lo menos en nuestro país - qué debería ser el socialismo.

En la pregunta y en la duda, en la sospecha sobre las recetas fáciles, quizás con todo respeto, es de lo que mejor puedo aportar hoy aquí, en que con suerte y con alegría volvemos a traer a esta casa el pensamiento del Che.