martes, 2 de junio de 2009

beckett

La trilogía de Samuel Beckett compuesta por “Molloy”, “Malone muere” y “El innombrable” es una muestra de este afán de ir hacia la anulación del sujeto. “Molloy”, el primer libro de la trilogía, apenas plantea un primer leve movimiento hacia ese afán. Hay en “Molloy” un sujeto en crisis –con su miedo a la muerte, su absoluta miseria, su absurdo y su sin nada–, pero a pesar de estar en la crisis es completamente el sujeto, es el yo, completamente formado. En “Malone muere”, Beckett va un paso más allá, la novela es una novela metanovela, donde se presenta un personaje, Malone, que idea a su vez a un personaje, un personaje que Malone idea con el deseo de intentar con él prolongar su vida lo máximo posible, prolongar su existencia, pues como bien indica el título, Malone muere, está muriendo, y se resiste a ello. Es muy significativo este intento de Malone de prolongar su vida con una narración, de prolongarla con la escritura, con la palabra, pues nos remite a la idea de que el hombre ha usado la palabra para darse peso, para crearse un yo, para escapar de la muerte, el yo por tanto es algo ficticio, puramente verbal e ilusorio, un instrumento humano hecho con una utilidad concreta, una utilidad de refugio –en la historia de la humanidad hay dos grandes instrumentos comodines usados por el hombre, el uno es, lo acabo de decir, el lenguaje, el otro es Dios. Finalmente, en “El innombrable”, la última novela de la trilogía, la descomposición del sujeto llega a su grado máximo. “El innombrable” es una novela sin espacio, sin cuerpo, sólo voz, una voz que intenta dejar de ser voz, escapar de la trampa de su propia voz, y llegar al silencio, al no-yo oriental. La palabra, el habla, es decir el yo, es descrita como algo completamente impuesto por un ellos, por algo externo, un algo externo que podemos identificar con el devenir histórico, las necesidades históricas que requirieron la ideación de un sujeto-yo. Leamos un fragmento de “El innombrable”:

(…) Mil veces me dijeron, explicaron y describieron cómo es todo eso, para qué sirve, los unos tras los otros, con unanimidad perfecta, con las más diversas frases, hasta que tuve aspecto de hallarme verdaderamente al corriente. ¿Quién diría, al oírme, que nunca vi nada, que nada oí sino sus voces? Los hombres, también, cuánto pudieron sermonearme sobre los hombres, antes incluso de querer asimilarme a ellos. Todo eso de lo que hablo, con lo que hablo, lo sé por ellos. Por más que quiera, pero que de nada sirve, eso no se acaba. Ahora es de mí de quien debo hablar, aunque sea con su lenguaje, será un comienzo, un paso hacia el silencio, hacia el final de la locura, la de tener que hablar y no poder, salvo de cosas que no me conciernen, que no cuentan, en las que no creo, de las que ellos me atiborraron para impedirme decir quién soy, dónde estoy, para impedirme hacer lo que tengo que hacer del único modo en que puedo ponerle fin, es decir, hacer lo que tengo que hacer. Ellos no deben amarme. Ah, me compusieron bien, pero no me han logrado, no del todo, todavía no. Que deponga por ellos, hasta que me consuma, como si uno pudiera consumirse en ese juego, he ahí lo que quieren que haga. No poder abrir la boca sin proclamarlos, a título de congénere, he aquí a lo que quieren que haga. No poder abrir la boca sin proclamarlos, a título de congénere, he aquí a lo que creen haberme reducido. Menuda astucia haberme endosado un lenguaje del que se imaginan que nunca podré servirme sin reconocerme de su tribu. Voy a arreglarles yo su algabaría, de la que nunca entendí nada no más que de las historias que acarrea, como perros muertos.

Sin embargo, aunque he llamado a esta tercera novela de la trilogía de Beckett como la novela donde se culmina la descomposición del yo, esta descomposición en verdad no se finaliza, no se resuelve, sino que se queda trazando círculos a sus puertas. Y es que la voz que habla no llega al silencio, ya que aunque no para de merodear en su destrucción, aunque ha conseguido acabar con el entorno y su nombre, aunque ha logrado señalar al idioma como el medio de dominación de un ellos, aún así no se detiene la voz, no se detiene el lenguaje, no cesa el monólogo, no se llega al no-yo, y esto es así básicamente porque el no-yo es irrepresentable, y la literatura nunca podrá expresar a un no-yo, pues la literatura es representación. Decir poesía del silencio es una paradoja, porque poesía es palabra, y la palabra nunca será silencio. Lo decía Cioran: “Siempre sorprende ver que los grandes místicos hayan producido tanto (…). Escribir es el acto menos ascético que existe”. La literatura es lo menos ascético, lo menos silencioso, lo menos no-yo. La literatura es lo más yo, por algo la literatura nace junto con el sujeto, junto con el yo, en el siglo XVI. La literatura es lo más yo porque el yo, hemos dicho, es lenguaje, y la literatura es el lenguaje solidificado, exaltado, concretizado, masturbado, la literatura es el lenguaje lenguajizado. La literatura es, vuelvo a repetir, lo más yo, aunque curiosamente la literatura del siglo XX tira piedras contra ese mismo yo que la compone y le da sentido. ¿Es contradictorio, pues, el movimiento que hace la literatura en el siglo XX? Es contradictorio porque el sujeto de hoy es un yo contradictorio. En cierto modo, hemos conseguido una variante del sujeto-yo, una variante, una pequeña variante, aunque no su destrucción, no el modelo oriental, sino un modelo occidental orientalizado cuyo rasgo principal es la contradicción, un modelo occidental con admiraciones o pretensiones o temblores orientales