EL PRIMOGÉNITO
[fragmento de “Los extranjeros”]
Yo en cambio lloro por mi alma:
mi alma es vaporosa cuando bebo solo:
los escombros de mi alma son traicionados por su dueño
para los testimonios de esta máquina implacable.
Y eso,
mientras sobre mis hombros cae —con infinita lentitud—
la ceniza amarilla de mis antepasados.
No sabemos lo que hemos perdido, oh correligionarios
en esto de la marca de Caín; pero
tiene que ser la ley o la plegaria, con toda seguridad.
Debería mejor hablar de la niebla en tono undívago,
hacer un recuento leve de las cosas de nuestra vida interior
(por encima
y muy lejos de los hombres que engullen
embutidos demasiado grasosos
y que son tan torpes para el asesinato
o para el primer acto en la noche amorosa).
¡Ah mínima, intrusa ciudad que cuelga de mi ventana
como un ahorcado!
Daría cualquier cosa por media hora
en el peor bar de Chelsea (preferiblemente en 1952):
la ginebra hace oler a cielo los meaderos,
las viejas putas cloquean como duquesas indignadas
y tú puedes alzar el dedo y hablar toda la mañana de la caballerosidad!
Ahora veo además que la mañana invade el mundo, yo
he pronunciado su miserable nombre
lo poco que queda de las antiguas tinieblas es mi tesoro.
¿Por qué no habría de tener también la paz
para poder amurallar mi comarca?
Porque no es tanta mi parte en lo peor del negocio.
Tal vez en esta guerra yo sobreviva refugiándome
y aun los vencedores
paguen por mi consejo:
se han dado casos en la Historia Natural,
entre los coleópteros por ejemplo:
basta una circunstancia temida por todos
—cuando hasta los vicios son tan sólo esguinces
de la desesperación abrumadora—:
el resplandor cambia fácil de frente
y tu divagación es música apacible,
esperanza para comenzar de nuevo a danzar.
¡Puah! Espero beber menos mañana.