sábado, 7 de marzo de 2009

SERGEI ESENIN


Para muchos su muerte fue consecuencia de un drama espiritual y personal que
nunca supo resolver totalmente.
Para otros fue una puesta en escena organizada desde el
poder. En cualquier caso todos entendieron que habían perdido a uno de los grandes
poetas rusos contemporáneos. Troski escribía poco después: “Hemos perdido a Esenin,
ese poeta admirable, de tanta frescura, de tanta sinceridad.!Y qué trágico fin¡ Se ha ido
por voluntad propia, diciendo adiós con su sangre a un amigo desconocido, quizá a
todos nosotros. Sus últimas líneas sorprenden por su ternura, por su dulzura; ha dejado
la vida sin clamar contra el ultraje, sin protestas vanidosas, sin dar un portazo,
cerrando dulcemente la puerta con una mano por la que corría la sangre. Con este
gesto, la imagen poética y humana de Esenin brota en un inolvidable resplandor de
adiós.
Esenin había nacido el 21 de septiembre de 1895 en Konstantinov, provincia de
Ryazán, en el seno de una familia religiosa, tradicional y campesina. El último poeta de
la aldea seguramente sintió que la revolución, en la que había creído en algún momento,
al menos como compañero de viaje, le había arrebatando el jardín de la infancia. Como
poeta, Esenin poseía una madurez extraordinaria, pero como hombre, probablemente no
estaba preparado para la revolución. En todo caso, la violencia de la revolución no se
llevaba bien con la dulzura y la autenticidad de su lirismo. El más grande de los poetas
soviéticos, Maiakovski, disloca la realidad, la enajena. Esenin, por el contrario, la
vuelve íntima, familiar, acogedora. Maiakovski eleva su voz de trombón para
despertarnos. Esenin nos arrulla con el sonido de su violín para que conciliemos el
sueño. La poesía de Esenin consigue reconciliarnos con la vida, o mejor dicho, con la
existencia, con las cosas y los seres que llegan al mundo sin propósito, florecen y
mueren. Pero lo que probablemente importa más, es que esta poesía nos reconcilia
también con la muerte, con una muerte consagrada por la exaltación de la vida. El
personaje de los últimos poemas de Esenin se aproxima a la muerte sin recelo, con el
júbilo de la existencia temblando todavía entre las manos, de manera que cuando entra
en la muerte, y lo hace porque lo hace el hombre Esenin, la tragedia queda dulcificada
por ese pálpito de vida.

Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto.
Te guardo en mi corazón.
Y el adiós fatal que se acerca
es la promesa de un futuro encuentro.

Hasta pronto; sin gestos ni palabras.
No frunzas el ceño de tristeza.
A fin de cuentas morir no es nada nuevo,
aunque, claro, vivir es menos nuevo todavía.

Unas horas antes se había cortado las venas y
con la sangre que comenzaba a brotar escribió este poema.

Troski escribía poco después: “Hemos perdido a Esenin,
ese poeta admirable, de tanta frescura, de tanta sinceridad.!Y qué trágico fin¡ Se ha ido
por voluntad propia, diciendo adiós con su sangre a un amigo desconocido, quizá a
todos nosotros. Sus últimas líneas sorprenden por su ternura, por su dulzura; ha dejado
la vida sin clamar contra el ultraje, sin protestas vanidosas, sin dar un portazo,
cerrando dulcemente la puerta con una mano por la que corría la sangre. Con este
gesto, la imagen poética y humana de Esenin brota en un inolvidable resplandor de
adiós.