martes, 14 de abril de 2009

VONNEGUT

de payasadas (fragmento)

Nunca llegó a mencionar el artilugio electrónico que le permitió volver a unir su mente con la de su hermana y recrear el genio que habían sido en la niñez.
El artilugio, llamado “El Trujamán” por los pocos que lo conocían, consistía en un trozo de cañería de arcilla, aparentemente muy normal, que medía dos metros de largo y veinte centímetros de diámetro. Estaba colocado tal cual sobre una caja de acero que contenía los controles de un enorme acelerador de partículas. Este acelerador era una pista magnética de carreras, en forma de tubo, para entidades subatómicas, que serpenteaba sobre los campos de maíz en las afueras de la ciudad.
Así es.
Y en cierto modo el Trujamán era un fantasma, ya que el acelerador de partículas hacía ya mucho tiempo que había dejado de funcionar por falta de electricidad y por falta de entusiastas de todo lo que era capaz de hacer.
Francis Hierro–7 Trujamán, el encargado de la limpieza, colocó el trozo de cañería sobre la caja y también dejó allí un momento el cubo que contenía su almuerzo. De pronto oyó unas voces que provenían de la cañería.

Fue a buscar al doctor Félix Bauxita–13 von Peterswald, el científico a quien había pertenecido el aparato. Pero la cañería no volvió a hablar.
Sin embargo, el doctor von Peterswald, con su deseo de creer en el ignorante señor Trujamán, demostró que era un gran científico.
—El cubo —dijo finalmente—, ¿dónde está el cubo?
Trujamán lo tenía en la mano.
El doctor von Peterswald le pidió que lo colocara exactamente como lo había hecho antes.
La cañería rápidamente se puso a hablar.

Los que hablaban se identificaron como personas pertenecientes a la otra vida. En segundo plano, se escuchaba un coro de gente que conversaba y se quejaba del tedio, de los pequeños desaires que sufría, de dolencias sin importancia, etc.
Como anotara el doctor von Peterswald en su diario secreto: “Se parecía mucho a lo que uno escucharía al otro lado del teléfono en un lluvioso día de otoño, desde un criadero de pavos mal llevado”.
Hi ho.

Cuando el doctor Swain habló con su hermana Eliza a través del Trujamán, se hallaba en compañía de Wilma Pachysandra–17 von Peterswald, la viuda del doctor von Peterswald, y David Narciso–11 von Peterswald, su hijo de quince años, hermano del doctor Swain y víctima del mal de Tourette.

El pobre David sufrió un ataque justo en el momento en que el doctor Swain comenzaba a hablar con Eliza a través del Gran Abismo.
David trató de ahogar el involuntario torrente de obscenidades, pero sólo consiguió subir el tono de voz en una octava.
—Mierda... esputo... escroto... cloaca... ano... membrana mucosa... cerumen... orines...

El doctor Swain perdió el control y, alto y anciano como era, se subió involuntariamente sobre la caja. Se inclinó sobre la cañería para estar más cerca de su hermana. Dejó que su cabeza colgara hacia abajo frente al extremo de la cañería y sin darse cuenta tiró al suelo el cubo clave, interrumpiendo así la comunicación.
—No se oye nada —dijo el doctor.
—Perineo... fornicación... mierda... glande... monte de Venus... placenta —decía el muchacho.

La viuda del doctor von Peterswald era la única persona sensata que se encontraba a ese lado de la cañería, de modo que fue ella la que volvió a colocar el cubo en el lugar correspondiente. Tuvo que encajarlo en forma más bien brutal entre la cañería y la rodilla del presidente. Y de pronto se vio atrapada en una posición grotesca, apoyada sobre la cubierta de la caja, con una mano extendida y los pies a unos pocos centímetros del suelo. Junto con el cubo, el presidente le había cogido firmemente la mano.
—Diga, diga —decía el presidente, con la cabeza colgando.

Desde el otro lado llegó un torrente de palabras ininteligibles, graznidos y cloqueos.
Alguien estornudó.
—Defecar... semen... testículos... —decía el muchacho.

Antes de que Eliza pudiese volver a hablar, la gente que la rodeaba sintió que el pobre David era un espíritu hermano, tan indignado por la condición humana en el Universo como ellos. De manera que lo animaron a seguir y aportaron nuevas obscenidades.
—Así me gusta, muchacho —le decían.
Y lo duplicaban todo.
—¡Doble pene! ¡Doble clítoris! —decían—. ¡Doble mierda!
Etcétera.
Era un verdadero manicomio.

De todos modos, el doctor Swain y su hermana consiguieron unirse, y lo hicieron con tan convulsiva intimidad que él se habría metido dentro de la cañería si hubiese podido.
Así ocurrieron las cosas, y lo que Eliza quería pedirle era que falleciera lo antes posible para que pudiesen juntar las cabezas. Deseaba encontrar la manera de mejorar ese lugar tan poco satisfactorio que llamaban “paraíso”.

—¿Te torturan? —preguntó él.
—No —replicó Eliza—, me muero de aburrimiento. El que organizó esto, quienquiera que sea, no sabía nada de los seres humanos. Por favor, hermano Wilbur, ten en cuenta que esto es la Eternidad. ¡Esto es para siempre! ¡Donde tú estás ahora no es nada en términos de tiempo! ¡Es un chiste! Vuélate la tapa de los sesos tan pronto como puedas.
Y cosas por el estilo.

El doctor Swain le refirió los problemas que habían tenido los vivos a causa de algunas enfermedades incurables. Los dos estudiaron la cuestión pensando como un solo ser y resolvieron el misterio como si hubiera sido cosa de niños.
La explicación era la siguiente: los gérmenes infecciosos de la influenza eran marcianos cuya invasión al parecer había sido rechazada por los anticuerpos de los organismos de los sobrevivientes, ya que por el momento había desaparecido la epidemia.
La Muerte Verde, por otra parte, era causada por unos chinos microscópicos, bien intencionados y amantes de la paz. Pero a pesar de todo, resultaban invariablemente mortales para los seres humanos de tamaño normal que los inhalaban o ingerían.
Etcétera.

El doctor Swain le preguntó a su hermana qué tipo de instrumento de comunicación se utilizaba al otro lado, si acaso Eliza también estaba en cuclillas sobre un trozo de cañería.
Eliza le explicó que no había ningún aparato sino sólo una sensación.
—¿Qué sensación? —preguntó.
—Tendrías que estar muerto para comprenderlo —replicó.
—Inténtalo de todas maneras.
—Es como estar muerto.
—Una sensación de muerte —dijo él, tanteando, tratando de comprender.
—Sí, algo frío y húmedo.
—Ah.
—Sí pero también es como estar rodeada de un enjambre de abejas invisibles. Tu voz me llega desde las abejas.
Hi ho.

Cuando el doctor Swain hubo terminado esta penosa experiencia, sólo le quedaban once tabletas de tri–benzo–conductil, médicamente elaborado en principio no como una droga para presidentes, por supuesto, sino para combatir los efectos del mal de Tourette. Y las once píldoras esparcidas sobre la palma de su enorme mano, inevitablemente le parecieron las últimas partículas del reloj de arena de su vida.

El doctor Swain permanecía al sol junto al edificio del laboratorio que albergaba el Trujamán. Con él estaban la viuda y su hijo. La viuda tenía el cubo, así que era la única que podía hacer funcionar el aparato.
La gravedad era ligera. El doctor Swain tenía una erección. Lo mismo le ocurría al muchacho y al capitán Bernard Narciso–11 O'Hare, que se hallaba junto al helicóptero.
Es posible que los tejidos eréctiles del cuerpo de la viuda también se hubiesen hinchado.
—¿Sabe qué parecía cuando estaba encima de esa caja, señor presidente? —dijo el muchacho. Se veía claramente la repulsión que le producía sucumbir a los efectos de su enfermedad.
—No —dijo el doctor Swain.
—El mandril más grande del mundo tratando de fornicarse una pelota de fútbol —soltó el muchacho.
Para evitar los insultos de ese calibre, el doctor Swain le dio lo que le quedaba de su provisión de tri–benzo–conductil.

Las consecuencias de su renuncia al tri–benzo–conductil fueron espectaculares. El doctor Swain tuvo que ser amarrado a una cama en casa de la viuda durante seis días y seis noches.
En algún momento de todo eso, le hizo el amor a la viuda y le dio un hijo que más tarde se convertiría en el padre de Melody Oropéndola–2 von Peterswald.
Sí, y en algún momento de todo eso, la viuda le transmitió lo que había aprendido de los chinos: que habían llegado a manipular con éxito el Universo combinando mentes compatibles.

Hizo que el piloto lo trasladara a Manhattan, la Isla de la Muerte. Se proponía morir allí para unirse con su hermana en la otra vida mediante la ingestión e inhalación de comunistas chinos invisibles.
El capitán O'Hare, que personalmente no deseaba morir, hizo descender al presidente mediante un cable y un arnés y lo depositó en la terraza del Empire State.
El presidente pasó el resto del día allí arriba disfrutando de la vista. Y luego, respirando profundamente cada dos o tres escalones, con la esperanza de inhalar chinos comunistas, bajó por las escaleras. Anochecía cuando llegó abajo.

En el vestíbulo había esqueletos humanos en podridos nidos de harapos. El hollín de los antiguos fuegos dibujaba en las paredes la piel de una cebra.
En uno de los muros había una pintura de Jesucristo Secuestrado.
Por primera vez, el doctor Swain oyó el escalofriante revoloteo de los murciélagos que abandonaban el metro por la noche.
Ya se consideraba un hombre muerto, un hermano de los esqueletos.
Pero seis miembros de la familia de los Melocotones, que habían observado su llegada en helicóptero, salieron de pronto de sus escondites. Estaban armados con cuchillos y lanzas.

Cuando descubrieron quién era la persona a la que habían capturado, se mostraron encantados. Era un tesoro para ellos; no porque se tratase del presidente, sino porque había asistido a la Facultad de Medicina.
—¡Un médico! —dijo uno—. Ahora sí que no nos falta nada.
Eso fue lo que ocurrió, y no quisieron saber nada de su deseo de morir. Lo obligaron a tragar un pequeño trapezoide de lo que parecía ser una especie de mantequilla de cacahuete sin sabor. En realidad eran tripas de pescado hervidas y deshidratadas, que contenían el antídoto para la Muerte Verde.
Hi ho.

Fue llevado inmediatamente al distrito financiero donde Hiroshi Melocotón–20 Yamashiro, el jefe de la familia, yacía mortalmente enfermo.

El hombre parecía tener pulmonía. El doctor Swain sólo pudo hacer por él lo que habría hecho un médico de hace un siglo, es decir que mantuviera el cuerpo abrigado y la frente fresca. Y esperar. O le bajaba la fiebre o se moría.

Le bajó la fiebre.
Como premio, los Melocotones reunieron sus más preciosas posesiones en el vestíbulo de la Bolsa de Nueva York para ofrecerlas al doctor Swain. Había una radio reloj, un saxo alto, un juego completo de artículos de tocador, una pequeña torre Eiffel con un termómetro en el interior, etc.
De todos esos trastos y sólo para mostrarse cortés, el doctor Swain eligió una palmatoria de bronce.
Y así se originó la leyenda de que enloquecía por las palmatorias.

No le gustaba la vida en común con los Melocotones, que le exigía entre otras cosas sacudir la cabeza perpetuamente en todas direcciones en busca de Jesucristo Secuestrado.
Así que limpió el vestíbulo del Empire State y se estableció allí. Los Melocotones le proporcionaban comida.
Y pasó el tiempo.

En algún momento de todo eso, llegó Vera Ardilla–5 Zappa y los Melocotones le administraron el antídoto. Esperaban que llegaría a ser la enfermera del doctor Swain.
Y de hecho lo fue durante un tiempo, pero pronto comenzó su granja modelo.

Y mucho tiempo después llegó la pequeña Melody, embarazada, y empujando sus patéticas pertenencias en un cochecito de niño. Entre sus posesiones se encontraba una palmatoria Dresden. Incluso en el reino de Michigan se sabía que el rey de Nueva York estaba loco por las palmatorias.
En la palmatoria de Melody se veía el coqueteo de un noble con una pastora a los pies de un árbol envuelto por una exuberante vid.
La palmatoria de Melody se rompió durante la última fiesta de cumpleaños del anciano. Wanda Ardilla–5 Rivera, una esclava borracha, la volcó de un puntapié.

Cuando Melody se presentó ante el Empire State y el doctor Swain salió a preguntarle quién era y qué quería, ella se arrodilló ante él, y extendió sus pequeñas manos para presentarle la palmatoria.
—Hola, abuelo —dijo.
Él vaciló un momento, pero luego la ayudó a levantarse.
—Entra —dijo—, entra, entra.

En esa época el rey de Nueva York no sabía que había engendrado un hijo después de abandonar el tri–benzo–conductil en Urbana. Supuso que Melody era una solicitante y admiradora más. Tampoco, durante este primer encuentro, soñó ni por un momento que tenía descendientes en alguna parte. Nunca había tenido muchos deseos de reproducirse.
De modo que cuando Melody le proporcionó tímidos pero convincentes argumentos de que ella era en realidad un pariente consanguíneo, tuvo una sensación como si, según explicó más tarde a Vera Ardilla–5 Zappa, “se le hubiese abierto una enorme vía de agua y que a través de esa repentina grieta hubiese penetrado una niña embarazada y hambrienta, aferrada a una palmatoria de Dresden”.
Hi ho.

La historia de Melody era la siguiente:
Su padre, hijo ilegítimo del doctor Swain y la viuda de Urbana, era uno de los pocos sobrevivientes de la llamada “Matanza de Urbana”. Se vio en seguida obligado a prestar servicio como tambor en el ejército del duque de Illinois, perpetrador de la carnicería.
El muchacho engendró a Melody a los catorce años. Su madre era una lavandera de cuarenta años que se había unido al ejército. Melody recibió el nombre de Oropéndola–2 para asegurarse de que fuese tratada con la máxima clemencia en caso de que fuera capturada por las fuerzas de Stewart Oropéndola–2 Mott, rey de Michigan y principal enemigo del duque.
De hecho, fue capturada a los seis años, después de la batalla de Iowa, en la que su padre y su madre perdieron la vida.
Hi ho.

En ese entonces la decadencia del rey de Michigan había llegado a tal extremo que mantenía un harén de muchachas capturadas que tenían el mismo apellido intermedio que él, el cual, por supuesto, era Oropéndola–2. La pequeña Melody fue enviada a ese triste zoológico.
Pero a medida que sus penosas experiencias se hacían más repugnantes, aumentaba la fuerza interior que obtenía del recuerdo de las últimas palabras de su padre, que fueron las siguientes:
—Eres una princesa, la nieta del rey de las Palmatorias, del rey de Nueva York.
Hi ho.

Luego, una noche, robó la palmatoria de Dresden de la tienda del dormido rey. Se arrastró por debajo del costado de la tienda y salió al mundo exterior, iluminado por la luna.

Así comenzó su increíble viaje hacia el Este, siempre al Este, en busca de su legendario abuelo. Su palacio era uno de los edificios más altos del mundo.
Se encontraría con parientes en todas partes, si no Oropéndolas por lo menos pájaros y seres vivientes de alguna especie.
La alimentaban y le señalaban el camino.
Uno le dio un impermeable, otro un jersey y una brújula magnética, otro un cochecito de niño, otro le dio un reloj despertador.
Otro le dio una aguja e hilo, y también un dedal de oro.
Otro la llevó en un bote al otro lado del río Harlem, a la Isla de la Muerte, con riesgo de su propia vida.
Etcétera.

Calderon de la Barca


EL GRAN TEATRO DEL MUNDO

MUNDO: ¿Qué papel es tu papel?
POBRE: Es mi papel la aflicción,
es la angustia, es la miseria,
la desdicha, la pasión,
el dolor, la compasión,
el suspirar, el gemir,
el padecer, el sentir,
importunar y rogar,
el nunca tener que dar,
el siempre haber de pedir.
El desprecio, la esquivez,
el baldón, el sentimiento,
la vergüenza, el sufrimiento,
la hambre, la desnudez,
el llanto, la mendiguez,
la inmundicia, la bajeza,
el desconsuelo y pobreza,
la sed, la penalidad,
y es la vil necesidad,
que todo esto es la pobreza.

MUNDO: A ti nada te he de dar,
que el que haciendo al pobre vive
nada del mundo recibe,
antes te pienso quitar
estas ropas, que has de andar
desnudo, para que acuda (Desnúdale.)
yo a mi cargo, no se duda.

POBRE: En fin, este mundo triste
al que está vestido viste
y al desnudo le desnuda.

MUNDO: Ya que de varios estados
está el teatro cubierto,
pues un rey en él advierto,
con imperios dilatados;
beldad a cuyos cuidados
se adormecen los sentidos,
poderosos aplaudidos,
mendigos, menesterosos,
labradores, religiosos,
que son los introducidos
para hacer los personajes
de la comedia de hoy,
a quien yo el teatro doy,
las vestiduras y trajes,
de limosnas y de ultrajes,
¡sal, divino Autor, a ver
las fiestas que te han de hacer
los hombres! ¡Ábrase el centro
de la tierra, pues que dentro
de la escena ha de ser!

BECKETT


ESPERANDO A GODOT

I

VLADIMIR.- ¿Has leído la Biblia?
ESTRAGÓN.- La Biblia... (Reflexiona.) La he echado un vistazo, seguramente.
VLADIMIR.- (Sorprendido.) ¿En la escuela laica?
ESTRAGÓN.- Cualquiera sabe si lo era o no.
VLADIMIR.- Debes confundirla con la cárcel.
ESTRAGÓN.- Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En colores. Muy bonitos. El Mar Muerto era azul pálido. Nada más mirarlo, me entraba sed. Pensaba: «Ahí iremos a pasar nuestra luna de miel. Nos bañaremos. Seremos felices.»
VLADIMIR.- Tenías que haber sido poeta.
ESTRAGÓN.- Lo he sido. (Señalando sus harapos.) ¿Es que no se nota? (Silencio.)
VLADIMIR.- ¿Qué estaba diciendo?... ¿Cómo sigue tu pie?
ESTRAGÓN.- Se está hinchando.
VLADIMIR.- ¡Ah, sí, ya caigo!: la historia de los ladrones. ¿La recuerdas?
ESTRAGÓN.- No.
VLADIMIR.- ¿Quieres que te la cuente?
ESTRAGÓN.- No.
VLADIMIR.- Así matamos el tiempo. (Pausa.) Éranse dos ladrones crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se...
ESTRAGÓN.- ¿El qué?
VLADIMIR.- El Salvador. Dos ladrones. Se dice que uno de ellos fue salvado, y el otro... (Busca la expresión contraria.) .. condenado.
ESTRAGÓN.- Salvado, ¿de qué?
VLADIMIR.- Del infierno.
ESTRAGÓN.- Me voy. (Queda quieto.)
VLADIMIR.-Y, sin embargo... (Pausa.) ¿Cómo es posible que...? Supongo que no te aburro.
ESTRAGÓN.- No escucho.
VLADIMIR.- ¿Cómo es posible que, de los cuatro evangelistas, sólo uno cuente los hechos de esta forma? No obstante, los cuatro estaban allí; vamos..., no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. (Pausa.) Bueno, Gogo: de vez en cuando podías meter baza.
ESTRAGÓN.- Escucho.
VLADIMIR.- De los cuatro, sólo uno. De los otros tres, dos ni siquiera lo mencionan, y el tercero dice que ambos lo insultaron.
ESTRAGÓN.- ¿A quién?
VLADIMIR.- ¿Cómo?
ESTRAGÓN.- No entiendo nada... (Pausa.) Insultar, ¿a quién?
VLADIMIR.- Al Salvador.
ESTRAGÓN.- ¿Por qué?
VLADIMIR.- Porque no quiso salvarlos.
ESTRAGÓN.- -¿Del infierno?
VLADIMIR.- ¡No, hombre, no! De la muerte.
ESTRAGÓN.- ¡Bueno!, ¿Y qué?
VLADIMIR.- Que los dos debieron ser condenados.
ESTRAGÓN.- ¡Ah!, ¿sí?
VLADIMIR.- Pero el otro dice que uno se salvó.
ESTRAGÓN.- Vaya, no están de acuerdo; nada más.
VLADIMIR.- Allí estaban los cuatro. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. ¿Por qué creer a uno más que a los otros?
ESTRAGÓN.- ¿Quién lo cree?
VLADIMIR.- Pues todos. Sólo se conoce esa versión.
ESTRAGÓN.- La gente es tonta.



II

VLADIMIR.- Eres un hombre difícil, Gogo.
ESTRAGÓN.- Lo mejor sería separarnos.
VLADIMIR.- Siempre dices lo mismo. Y siempre vuelves. (Silencio.)
ESTRAGÓN.- El único remedio seria matarme, como el otro.
VLADIMIR.- ¿Qué otro? (Pausa.) ¿Qué otro?
ESTRAGÓN.- Como billones de otros.
VLADIMIR.- (Sentencioso.) A cada cual, su cruz. (Suspira.) Dure lo que dure, el final llega pronto.
ESTRAGÓN.- Mientras, intentemos hablar sin exaltarnos, ya que somos incapaces de estarnos callados.
VLADIMIR.- Es verdad, somos incansables.
ESTRAGÓN.- Es para no pensar.
VLADIMIR.- Está justificado.
ESTRAGÓN.- Es para no escuchar.
VLADIMIR.- Tenemos nuestras razones.
ESTRAGÓN.- Todas las voces muertas.
VLADIMIR.- Es como un ruido de alas.
ESTRAGÓN.- De hojas.
VLADIMIR.- De arena.
ESTRAGÓN.- De hojas. (Silencio.)
VLADIMIR.- Hablan todas al mismo tiempo.
ESTRAGÓN.- Cada una para sí. (Silencio.)
VLADIMIR.- Más bien cuchichean.
ESTRAGÓN.- Murmuran.
VLADIMIR.- Susurran.
ESTRAGÓN.- Murmuran. (Silencio.)
VLADIMIR.- ¿Qué dicen?
ESTRAGÓN.- Hablan de su vida.
VLADIMIR.- No les basta haber vivido.
ESTRAGÓN.- Es necesario que hablen.
VLADIMIR.- No les basta con estar muertas.
ESTRAGÓN.- No es suficiente. (Silencio.)
VLADIMIR.- Es como un ruido de plumas.
ESTRAGÓN.- De hojas.
VLADIMIR.- De cenizas.
ESTRAGÓN.- De hojas. (Largo silencio.)
VLADIMIR.- ¡Di algo!
ESTRAGÓN.- Estoy buscando de qué hablar. (Largo silencio.)
VLADIMIR.- (Angustiado.) ¡Di cualquier cosa!
ESTRAGÓN.- ¿Qué hacemos ahora?
VLADIMIR.- Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN.- Es verdad. (Silencio.)
VLADIMIR.- ¡Qué difícil resulta!
ESTRAGÓN.- ¿Y si cantaras?
VLADIMIR.- No, no. (Piensa.) Lo que hay que hacer es empezar de nuevo.
ESTRAGÓN.- Eso no me parece difícil, desde luego.
VLADIMIR.- Lo difícil es el comienzo.
ESTRAGÓN.- Se puede comenzar con cualquier cosa.
VLADIMIR.- Sí, pero hay que decidirse.
ESTRAGÓN.- Es verdad. (Silencio.)
VLADIMIR.- ¡Ayúdame!
ESTRAGÓN.- Estoy buscando algo que decir. (Silencio.)
VLADIMIR.- Cuando se busca, se oye.
ESTRAGÓN.- Es verdad.
VLADIMIR.- Eso impide encontrar.
ESTRAGÓN.- Así es.
VLADIMIR.- Impide pensar.
ESTRAGÓN.-A pesar de todo, se piensa.
VLADIMIR.- De ninguna manera, es imposible.
ESTRAGÓN.- Ya está, contradigámonos.
VLADIMIR.- Imposible.
ESTRAGÓN.- ¿Te parece?
VLADIMIR.- Ya no hay peligro de que pensemos.
ESTRAGÓN.- Entonces, ¿de qué nos quejamos?
VLADIMIR.- Lo peor no es pensar.
ESTRAGÓN.- Claro, claro, pero eso ya es algo.

PAUL AUSTER

(... ) Creo que lo asombroso es que cuando uno está más solo, cuando penetra verdaderamente en un estado de soledad, es cuando deja de estar solo, cuando comienza a sentir su vínculo con los demás. (... )

LA INVENCION DE LA SOLEDAD

GOTTFRIED BENN

(fragmentos)
CICLO

La solitaria muela de una prostituta
que había muerto anónima,
llevaba un puente de oro.
Las restantes se habían largado
como en tácito convenio.
Aquella se la sacó el sepulturero,
la llevó al monte de piedad
y se fue a bailar.
Pues, decía,
sólo la tierra debe volver a la tierra.


REALIDAD

Una realidad no es necesaria,
sí, no existe siquiera cuando un hombre
del motivo original del aura y aria
a su existencia puede darle nombre.

No Olimpia o carne y lilas
pintó aquel, que una vez pintara,
su trance, canciones de filas,
lo que desde dentro lo irradiara.

Encadenado condujo la galera
en la panza del barco, aguas apenas vio,
gaviotas, estrellas – nada: su pena era
bajo vigilancia donde el sueño surgió.

En el espanto, su obra un fetiche fue
cuando padeció, surgió la piedad
cuando jugó fue la mesa de té,
mas para beber no había té en realidad.


El arte es formación y ruptura, es un juego fatal de fuerzas incipientes, pendientes de solución, fragmentarias. Es cierto que también es político e incluso eminentemente político, pero en un sentido muy distinto al que lo son todas las otras manifestaciones culturales y políticas. El arte es político en el seno de aquellas profundas capas del ser en las que surgen las verdaderas revoluciones; es allí donde deja su impronta, haciendo imposible cualquier retroceso.

Vivimos cosas distintas a las que éramos, escribimos cosas distintas a las que pensábamos, pensamos cosas distintas a las que esperábamos, y lo que queda es distinto a lo que proyectamos.


chopin
No muy fecundo en la charla,
las opiniones no eran su fuerte,
las opiniones dan rodeos;
mientras Delacroix desarrollaba teorías,
él se inquietaba, por su parte
no podía fundamentar los Nocturnos.

Amante débil;
sombras en Nohant,
donde los hijos de George Sand
no aceptaban sus consejos
pedagógicos.

Enfermo de pecho de aquel modo,
con hemorragias y cicatrización
que no termina;
muerte silenciosa,
al contrario de una
con paroxismos de dolor
o descargas de escopeta:
arrimaron a la puerta el piano de cola (Erard)
y Delphine Potocka
en la última hora cantó para él
una canción de violetas.

Con tres pianos de cola viajó a Inglaterra:
Pleyel, Erad, Broadwood,
por 20 guineas tocaba por las noches
un cuarto de hora
en casa de Rothschild, Wellington, en Strafford House
y ante innumerables jarreteras;
oscurecido de cansancio y proximidad de muerte
volvía a casa
en la Square d´Orleans.

Entonces quema sus bocetos
y manuscritos,
nada de restos, fragmentos, notas,
de esas traidoras miradas interiores,
y dijo al final:
"mis intentos se han consumido según la medida
que me ha sido posible alcanzar."

Cada dedo debía tocar
con la fuerza de su respectiva constitución,
el cuarto es el más débil
(sólo siamés del dedo corazón)
Cuando empezó, su posición era
mi, fa sostenido, sol sostenido, si, do.

Quien alguna vez escuchó de su mano
determinados preludios,
fuese en casas de campo o
en las montañas o a través
de puertas abiertas en una terraza
por ejemplo de un sanatorio,
difícilmente lo olvidará.

Jamás una ópera compuesta,
ninguna sinfonía,
solamente esas trágicas progresiones
venidas de la convicción artística
y con una mano pequeña.


..........................


san petersburgo – mitad de siglo
"Todo aquel que ayuda a otro
es Getsemaní,
todo aquel que consuela a otro
es boca de Cristo",
Canta la catedral del santo Isaac,
el monasterio de Alexander Nevski,
las iglesias de los santos Pedro y Pablo
en la que descansan los emperadores,
también las restantes ciento noventa y dos capillas
griegas, ocho católico-romanas,
una anglicana, tres armenias,
letonas, suecas, estonias,
finlandesas.

Bendiciones con agua
del Neva azul y transparente
en el día de los reyes magos.
Agua muy saludable, expulsa los cuerpos extraños;
Trae los hermosos tesoros
para el cuarto de madreperla,
para el cuarto de ámbar
de Zarskoje Selo
en las montañas de Duderhoff,
trae el mármol siberiano azul celeste
para las escalinatas.
Salvas de artillería
cuando se deshiela,
¡hijo de los lagos
Onega y Ladoga!

Concierto de mañana en la sala de Engelhardt,
madame Stepanov,
que recreó "La vida para el zar" de Glinka,
grita de modo antinatural,
el barítono Worojev ya decae.
En una columna,
con dientes blancos salientes,
labios africanos,
sin cejas,
Alexander Serguei (Puschkin).

Junto a él el barón Brambeus,
cuya "gran recepción en casa de Satán"
es considerada el colmo de la perfección.
el violoncelista: Davidoff.
Y luego los bajos rusos: ultraprofundos,
duplicando
en la octava los bajos normales,
el contrabajo puro y lleno
de veinte gargantas
ultraprofundas.

¡A las islas!
De nombre Kretowsky – lugar de placer,
palabra de placer–,
baskires, rusos de barba, galgos samoyedos
¡actividad de sensualidad y voluptuosidad!
Primera parte:
"Desde el gorila hasta la destrucción de dios",
Segunda parte:
"De la destrucción de dios hasta la transformación
del hombre físico"–
¡Aguardiente!
El final de las cosas,
un trago de coñac
¡ultraprofundo!

Raskolnikov
(totalmente en apuros con su visión del mundo)
entra en el Kabak,
bar vulgar,
mesas pegajosas,
acordeón,
bebedor permanente,
bolsas bajo los ojos,
uno le solicita
"una conversación razonable", restos de paja en el pelo.
(Asesino de otros:
Dorian Gray, Londres,
olor de saúco,
lluvia de oro color miel
en la casa –sueño de parque–
contempla un rubí de Ceilán para Lady B.,
alquila una orquesta de Gamelán.)

Raskolnikov,
muy tenso,
es despertado por Sonia "con la cara amarilla"
(Prostituta. Su padre
afronta la cosa "al contrario, de modo tolerante"),
ella dice:
"¡Levántate! ¡Ven ahora mismo!
Detente en el cruce de caminos,
besa la tierra, la que ensuciaste,
y ante la que has pecado,
inclínate luego hacia el mundo,
di a todos en voz alta:
Yo soy el asesino–,
¿quieres?
¿Vienes conmigo?"–
y él fue con ella.

Todo aquel que consuela a otro
es boca de Cristo–


....................


pequeño aster
El cadáver del conductor
de un camión de cerveza
fue alzado sobre la camilla.
Alguien le había colocado entre los dientes
una pequeña flor
oscura–clara–lila.
Cuando le saqué el paladar y la lengua
desde el pecho
con un largo cuchillo
debajo de la piel
he debido rozarla
porque la flor se deslizó
hacia el cerebro vecino.
La guardé en el tórax
entre el aserrín
cuando lo cosían.
¡Bebe hasta la saciedad en tu florero!
¡Descansa en paz,
pequeño aster!


...................


curetaje
Ahora yace con las piernas abiertas
en el anillo de hierro
en la misma posición
que cuando copulaba.

La cabeza esparcida, fugaz,
al igual que si dijera:
dame, dame, trago tu miedo
hasta mi abismo.

El cuerpo aún fuerte
resiste al éter,
se arroja:
después de nosotros, el diluvio
y el final
solo tú, solo tú...

Ceden las paredes,
mesas, sillas
llenas de ser, enfermas
de hemorragia,
amasijos sedientos
de caídas cercanas.


....................


turin
"Camino sobre suelas rotas",
escribió ese gran genio del mundo
en su última carta–, entonces
lo llevan a Jena–; psiquiátrico.

No puedo comprarme libros
me siento en las librerías:
notas–, luego buscar recortes:–
así son los días de Turin.

Mientras la noble podredumbre de Europa
chupaba en Pau, Bayreuth y Epsom,
él abrazaba dos caballos de tiro,
hasta que su hospedero lo llevó a casa.


..................


en parte
en casa de mis padres no había ningún Gainsborough
y nadie tocaba a Chopin
una vida intelectual francamente prosaica
mi padre estuvo una vez en el teatro
a principios de siglo
la "Haubenlerche" de Wildenbruch
de eso vivíamos
era todo.

Hace tiempo que todo terminó
corazones grises, cabellos grises
el jardín en territorio polaco
las tumbas en parte, sólo en parte
pero todas eslavas,
línea Oder-Neisse
sin importancia para el interior de ataúdes
que los niños recuerdan
y los esposos a ratos también
en parte, sólo en parte
luego prosiguen su camino
sela,
fin del salmo.

Todavía hoy, en la noche de una gran ciudad
terrazas de café,
estrellas de verano,
de la mesa vecina
calidad hotelera de Frankfurt
comparaciones,
si los anhelos de las señoras insatisfechas
tuviesen peso
cada uno pesaría trescientos kilos.

Pero ¡un fluido!
Noche ardiente
como en un catálogo de viaje y
ladies que emergen de los cuadros:
beauties increíbles
piernas largas, altas cascadas
no está permitido pensar sobre
su entrega.

Las parejas no pueden competir
no llegan, pelotas en la cesta,
él fuma, ella le da vueltas a sus anillos,
por lo demás, digno de reflexión
relación del matrimonio y la creación masculina,
parálisis o acción frenética.

¡Preguntas, preguntas!
Recuerdos en una noche de verano
vislumbrados, esbozados,
en la casa de mis padres no había ningún Gainsborough
todo hundido
sólo en parte, lo total
sela,
fin del salmo.


................


madre
Te llevo como una herida
que no se cierra sobre mi frente.
No siempre duele, y el corazón
no se derrama mortalmente por ella.
Sólo algunas veces, de pronto, estoy ciego y siento
sangre en la boca.

...................


construcción de la frase
Todos tienen cielo, amor y muerte.
Pero no nos ocuparemos de esas cosas,
la cultura se ha encargado de ello.
Lo nuevo es preguntarse por la construcción de la frase,
y esto es lo urgente:
¿Por qué nos expresamos?

¿Por qué rimamos o dibujamos una joven
directamente o como reflejo
o rayamos sobre un pedazo de papel
infinidad de plantas, copas de árboles, muros,
estos últimos
como gusanos con cabezas de tortuga
arrastrándose inquietantemente bajos
y de cierta manera?

Imponentemente incontestable.
No es cuestión de honorarios.
Muchos se mueren de hambre con ello. No.
Es un impulso de la mano,
teledirigido, una capa cerebral,
quizás un mesías retrasado, animal totémico,
priapismo formal a pesar del contenido
que luego olvidaremos.
Pero hoy la construcción de la frase
es lo primario.

"Los pocos que supieron comprender" –Goethe–
¿qué cosa?
Supongo: la construcción de la frase.


........................


poemas estáticos
Ajena al desarrollo
es la profundidad del sabio,
hijos y nietos
no le inquietan,
no le penetran.

Representar corrientes,
acción,
viajar y llegar
es el signo de un mundo
que no ve claro.
Ante mi ventana,
–dice el sabio–
hay un valle,
en él se juntan las sombras,
dos chopos bordean un camino,
tú sabes– hacia dónde.

Perspectivismo
es otra palabra para su estática:
dibujar líneas,
seguirlas
según la ley del zarcillo–,
zarcillos chisporrotean–,
también arrojar bandadas, cuervos,
al rojo invernal de cielos matutinos,

luego dejar caer–,

tú sabes– para quién

........................

amenaza
Para que sepas:
vivo días animales.
Soy una hora de agua.
En las tardes descansa mi párpado como bosque y cielo.
Mi amor solo conoce pocas palabras:
es tan bello estar cerca de tu sangre.

GELMAN JUAN

El juego en que andamos


Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

de "El juego en que andamos"

John Kennedy Toole

" Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer. El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que está bendita New Orleáns, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso. También escribí encerrado en un pequeño mundo cuarto juntando frases, frustrándome ante las huidizas buenas palabras y las no menos resbaladizas imágenes, comparaciones, situaciones, personajes, diálogos. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien, no hubo recompensa. No hubo zanahoria, Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido, por lo cual no pueden decir que es ciertamente buena o ciertamente mala. Es ciertamente ajena, impropia. Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme. Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento. A ser víctima de un sistema que hace de gente como yo infelices zombies o incomprendidos. Y hay que tener el espíritu muy bien templado, tal vez como acero damasquino o más, para afrontar semejante fuerza. "

La conjura de los necios.fragmento

Autor maldito, obra maldita.Colocó un extremo de la manguera en el tubo de escape, introdujo el otro por la ventana semicerrada del conductor y giró la llave de contacto.
John Kennedy Toole.Su suicidio a los 32 años, el 26 de marzo de hace 40 años, le impidió conocer el éxito arrollador de su memorable “La conjura de los necios“, publicada póstumamente.

SENECA

“Morirás. Esto es naturaleza del hombre, no pena. Morirás. Derecho es de las gentes volver lo que recibiste. Morirás. Peregrinación es la vida; cuando hayas caminado mucho es forzoso volver. Morirás. Entendí decías alguna cosa nueva. A esto vine, esto hago, a esto me llevan todos los días. La naturaleza en naciendo me puso este término, ¿qué tengo de poderme quejar? A esto me obligué. Morirás. Necedad es temer lo que no puede estorbarse. Esto no lo evita quien lo dilata. Morirás. Ni el primero ni el postrero. Muchos murieron antes de mí, todos después. Morirás. Este es el fin del oficio humano. ¿Qué soldado viejo se enojó de que le licenciasen? Adonde va el mundo voy yo. ¿Pues ignoro yo que soy animal racional mortal? Con esta condición se engendra todo. Lo que empezó se acaba. Morirás. ¿Por qué es molesto lo que se hace una vez? Conozco el caudal por ajeno, no por mío. Finalmente yo hice este concierto con el acreedor de que no puedo quejarme. Morirás. Mejor lo hicieron los dioses, pues nadie me puede decir que moriré que no sea mortal”.

Séneca, Morirás.

DANTE

A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado. ¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me vuelve el temor al pensamiento! Es tan amarga casi cual la muerte; mas por tratar del bien que allí encontré, de otras cosas diré que me ocurrieron”. (…)
Infierno. La Divina Comedia.

lunes, 13 de abril de 2009

PAUL AUSTER

CIUDAD DE CRISTAL.

Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar. Pero eso fue mucho más tarde. Al principio, no había más que el suceso y sus consecuencias. Si hubiera podido ser diferente o si todo estaba predeterminado desde que la primera palabra salió de la boca del desconocido, no es la cuestión. La cuestión es la historia misma, y si significa algo o no significa nada no es la historia quien ha de decirlo.

En cuanto a Quinn, no es preciso que nos detengamos mucho. Quién era, de dónde venía y qué hacía tienen poca importancia. Sabemos, por ejemplo, que tenía treinta y cinco años. Sabemos que había estado casado, que había sido padre y que tanto su esposa como su hijo habían muerto. También sabemos que escribía libros. Para ser exactos, sabemos que escribía novelas de misterio. Escribía estas obras con el nombre de William Wilson y las producía a razón de una al año aproximadamente, lo cual le proporcionaba suficiente dinero para vivir modestamente en un pequeño apartamento en Nueva York. Como no dedicaba más de cinco o seis meses a una novela, el resto del año estaba libre para hacer lo que quisiera. Leía muchos libros, miraba cuadros, iba al cine. En verano veía los partidos de béisbol en la televisión; en invierno iba a la ópera. Más que ninguna otra cosa, sin embargo, le gustaba caminar.

Casi todos los días, con lluvia o con sol, con frío o con calor, salía de su apartamento para caminar por la ciudad, sin dirigirse a ningún lugar concreto, sino simplemente a donde le llevaran sus piernas.

Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar. Y eso, más que nada, le daba cierta de paz, un saludable vacío interior. El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo esencial, el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo. Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese. En sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio. Y esto, en última instancia, era lo único que pedía a las cosas: no estar en ningún sitio. Nueva York era el ningún sitio que había construido a su alrededor y se daba cuenta de que no tenía la menor intención de dejarlo nunca más.

En el pasado Quinn había sido más ambicioso. De joven había publicado varios libros de poesía, había escrito obras de teatro y ensayos críticos y había trabajado en varias traducciones largas. Pero bruscamente había renunciado a todo eso. Una parte de él había muerto, dijo a sus amigos, y no quería que volviera a aparecérsele. Fue entonces cuando adoptó el nombre de William Wilson. Quinn ya no era la parte de él capaz de escribir libros, y aunque en muchos sentidos Quinn continuaba existiendo, ya no existía para nadie más que para él.

Había seguido escribiendo porque era lo único que se sentía capaz de hacer. Las novelas de misterio le parecieron una solución razonable. Le costaba poco inventar las intrincadas historias que requerían y escribía bien, a menudo a pesar de sí mismo, como sin hacer ningún esfuerzo. Dado que no se consideraba autor de lo que escribía, tampoco se sentía responsable de ello, y por lo tanto no estaba obligado a defenderlo en su corazón. William Wilson, después de todo, era una invención, y aunque había nacido dentro del propio Quinn, ahora llevaba una vida independiente. Quinn le trataba con deferencia, a veces incluso con admiración, pero nunca llegó al punto de creer que él y William Wilson fueran el mismo hombre. Por esta razón no asomaba por detrás de la máscara de su seudónimo. Tenía un agente, pero nunca le veía. Sus contactos se limitaban al correo, y con ese propósito Quinn había alquilado un apartado en la oficina de correos. Lo mismo ocurría con el editor, que le pagaba todos sus honorarios y derechos a través del agente. Ningún libro de William Wilson incluía una fotografía del autor o una nota biográfica. William Wilson no aparecía en ninguna guía de escritores, no concedía entrevistas y todas las cartas que recibía las contestaba la secretaria de su agente. Que Quinn supiera, nadie conocía su secreto. Al principio, cuando sus amigos se enteraron de que había dejado de escribir, le preguntaban de qué pensaba vivir. Él les contestaba a todos lo mismo: que había heredado un fondo fiduciario de su esposa. Pero la verdad era que su esposa nunca había tenido dinero. Y la verdad era que él ya no tenía amigos.

Hacía ya más de cinco años. Ya no pensaba mucho en su hijo y recientemente había quitado la fotografía de su mujer de la pared. De vez en cuando, sentía de repente lo mismo que cuando tenía al niño de tres años en sus brazos, pero eso no era exactamente pensar, ni siquiera era recordar. Era una sensación física, una impronta que el pasado había dejado en su cuerpo y sobre la cual él ya no tenía control. Estos momentos se producían cada vez con menos frecuencia y en general parecía que las cosas habían empezado a cambiar para él. Ya no deseaba estar muerto. Al mismo tiempo, no se puede decir que se alegrara de estar vivo. Pero por lo menos no le molestaba. Estaba vivo, y la persistencia de este hecho había empezado poco a poco a fascinarle, como si hubiera conseguido sobrevivirse, como si en cierto modo estuviera viviendo una vida póstuma. Ya no dormía con la lámpara encendida y desde hacía muchos meses no recordaba ninguno de sus sueños.

Era de noche. Quinn estaba tumbado en la cama fumando un cigarrillo y escuchando el repiqueteo de la lluvia en la ventana. Se preguntó cuándo dejaría de llover y si por la mañana le apetecería dar un paseo largo o corto. Un ejemplar de los Viajes de Marco Polo yacía abierto boca abajo en la almohada, a su lado. Desde que había terminado la última novela de William Wilson dos semanas antes había estado haciendo el vago. Su detective narrador, Max Work, había resuelto una serie de complicados crímenes, había sufrido un buen número de palizas y había escapado por un pelo varias veces, y Quinn se sentía algo agotado por sus esfuerzos. A lo largo de los años Work sé había hecho íntimo de Quinn. Mientras William Wilson seguía siendo una figura abstracta, Work había ido cobrando vida. En la tríada de personajes en que Quinn se había convertido, Wilson actuaba como una especie de ventrílocuo, el propio Quinn era el muñeco y Work la voz animada que daba sentido a la empresa. Aunque Wilson fuera una ilusión, justificaba las vidas de los otros dos. Aunque Wilson no existiera, era el puente que le permitía a Quinn pasar de sí mismo a Work. Y, poco a poco, Work se había convertido en una presencia en la vida de Quinn, su hermano interior, su camarada en la soledad.

Quinn cogió el libro de Marco Polo y empezó a leer de nuevo la primera página. «Pondremos por escrito lo que vimos tal y como lo vimos, lo que oímos tal y como lo oímos, de modo que nuestro libro pueda ser una crónica exacta, libre de cualquier clase de invención. Y todos los que lean este libro o lo oigan puedan hacerlo con plena confianza, porque no contiene nada más que la verdad.» Justo cuando Quinn estaba empezando a reflexionar sobre el significado de las frases, a dar vueltas en la cabeza a su tajante firmeza, sonó el teléfono. Mucho más tarde, cuando pudo reconstruir los sucesos de aquella noche, recordaría que miró el reloj, vio que eran más de las doce y se preguntó por qué alguien le llamaría a esas horas. Pensó que lo más probable era que fuesen malas noticias. Se levantó de la cama, fue desnudo hasta el teléfono y cogió el auricular al segundo timbrazo.

—¿Sí?

Hubo una larga pausa al otro extremo de la línea y por un momento Quinn pensó que la persona que llamaba había colgado. Luego, como si viniera de muy lejos, le llegó el sonido de una voz distinta de todas las que había oído. Era a la vez mecánica y llena de sentimiento, apenas más alta que un murmullo y sin embargo perfectamente audible, y tan uniforme en el tono que no pudo saber si pertenecía a un hombre o a una mujer.

—¿Oiga? —dijo la voz.
—¿Quién es? —preguntó Quinn.
—¿Oiga? —repitió la voz.
—Le estoy escuchando —dijo Quinn—. ¿Quién es?
—¿Es usted Paul Auster? —preguntó la voz—. Quisiera hablar con el señor Paul Auster.
—Aquí no hay nadie que se llame así.
—Paul Auster. De la Agencia de Detectives Auster.
—Lo siento —dijo Quinn—. Debe haberse equivocado de número.
—Es un asunto de la máxima urgencia —dijo la voz.
—Yo no puedo hacer nada por usted —contestó Quinn—. Aquí no hay ningún Paul Auster.
—Usted no lo entiende —dijo la voz—. El tiempo se acaba.
—Entonces le sugiero que marque de nuevo. Esto no es una agencia de detectives.

Quinn colgó el teléfono. Se quedó de pie en el frío suelo, mirándose los pies, las rodillas, el pene fláccido. Durante un segundo lamentó haber sido tan brusco con la persona que llamaba. Podría haber sido interesante, pensó, seguirle la corriente durante un rato. Quizá podría haber averiguado algo del caso, quizá incluso le habría ayudado de alguna manera. «Tengo que aprender a pensar más deprisa cuando estoy de pie», se dijo.

Como la mayoría de la gente, Quinn no sabía casi nada de delitos. Nunca había asesinado a nadie, nunca había robado nada y no conocía a nadie que lo hubiese hecho. Nunca había estado en una comisaría de policía, nunca había conocido a un detective privado, nunca había hablado con un delincuente. Lo poco que sabía de esas cosas lo había aprendido en los libros, las películas y los periódicos. Sin embargo, no consideraba que eso fuera un obstáculo. Lo que le interesaba de las historias que escribía no era su relación con el mundo, sino su relación con otras historias. Ya antes de convertirse en William Wilson, Quinn era un devoto lector de novelas de misterio. Sabía que la mayoría de ellas estaban mal escritas, que la mayoría no podían resistir ni el examen más superficial, pero era la forma lo que le atraía, y sólo se negaba a leerlas cuando se trataba de una novela indescriptiblemente mala. Mientras que su gusto en otro tipo de libros era riguroso, exigente hasta la intransigencia, con estas obras no mostraba casi ninguna discriminación. Cuando tenía el estado de ánimo adecuado, le costaba poco leer diez o doce seguidas. Era una especie de hambre que se apoderaba de él, un ansia de una comida especial, y no paraba hasta que se sentía lleno.

Lo que le gustaba de esos libros era la sensación de plenitud y economía. La buena novela de misterio no tiene desperdicio, no hay ninguna frase, ninguna palabra que no sea significativa. E incluso cuando no es significativa, lo es en potencia, lo cual viene a ser lo mismo. El mundo del libro toma vida, bulle de posibilidades, de secretos y contradicciones. Dado que todo lo visto o dicho, incluso la cosa más vaga, más trivial, puede estar relacionada con el desenlace de la historia, es preciso no pasar nada por alto. Todo se convierte en esencia; el centro del libro se desplaza con cada suceso que lo impulsa hacia adelante. El centro, por lo tanto, está en todas partes, y no se puede trazar ninguna circunferencia hasta que el libro ha terminado.

El detective es quien mira, quien escucha, quien se mueve por ese embrollo de objetos y sucesos en busca del pensamiento, la idea que una todo y le dé sentido. En efecto, el escritor y el detective son intercambiables. El lector ve el mundo a través de los ojos del detective, experimentando la proliferación de sus detalles como si fueran nuevos. Ha despertado a las cosas que le rodean, como si éstas pudieran hablarle, como si, debido a la atención que les presta ahora, empezaran a tener un sentido distinto del simple hecho de su existencia. Detective privado. El término tenía un triple sentido para Quinn. No sólo era la letra «i», inicial de «investigador», era «I», con mayúscula, el diminuto capullo de vida enterrado en el cuerpo del yo que respira.(1) Al mismo tiempo era también el ojo físico del escritor, el ojo del hombre que mira el mundo desde sí mismo y exige que el mundo se le revele. Desde hacía cinco años Quinn vivía presa de este juego de palabras.

Por supuesto, hacía mucho tiempo que había dejado de considerarse real. Si seguía viviendo en el mundo era únicamente a distancia, a través de la persona imaginaria de Max Work. Su detective necesariamente tenía que ser real. La naturaleza de los libros lo exigía así. Aunque Quinn se hubiera permitido desaparecer, retirarse a los confines de una vida extraña y hermética, Work continuaba viviendo en el mundo de los demás, y cuanto más se desvanecía Quinn, más persistente se volvía la presencia de Work en ese mundo. Mientras Quinn tendía a sentirse fuera de lugar en su propia piel, Work era agresivo, rápido en sus respuestas y ágil para adaptarse a cualquier lugar. Las mismas cosas que a Quinn le causaban problemas, Work las daba por sentadas y superaba sus complejas aventuras con una facilidad y una indiferencia que nunca dejaban de impresionar a su creador. No era precisamente que Quinn deseara ser Work, ni siquiera ser como él, pero le daba seguridad fingir que era Work mientras escribía sus libros, saber que tenía la capacidad de ser Work si alguna vez se decidía a ello, aunque sólo fuera en su mente.

Esa noche, mientras finalmente se iba quedando dormido, Quinn trató de imaginar qué le habría dicho Work al desconocido del teléfono. En su sueño, que más tarde olvidó, se encontraba solo en una habitación disparando con una pistola contra una pared blanca y desnuda.

A la noche siguiente le pilló desprevenido. Pensaba que el incidente había terminado y no esperaba que el desconocido volviera a llamar. Casualmente, estaba sentado en el retrete, en el acto de expulsar un cagallón, cuando sonó el teléfono. Era algo más tarde que la noche anterior, faltaban diez o doce minutos para la una. Quinn acababa de llegar al capítulo que cuenta el viaje de Marco Polo desde Pekín a Amoy y el libro estaba abierto sobre su regazo mientras él hacía sus necesidades en el diminuto cuarto de baño. Recibió el timbrazo del teléfono con clara irritación. Contestar rápidamente significaría levantarse sin limpiarse y detestaba cruzar el apartamento en ese estado. Por otra parte, si terminaba lo que estaba haciendo a la velocidad normal, no llegaría a tiempo al teléfono. A pesar de ello, Quinn se descubrió renuente a moverse. El teléfono no era su objeto favorito y más de una vez había considerado la posibilidad de deshacerse del suyo. Lo que más le desagradaba era su tiranía. No sólo tenía el poder de interrumpirle en contra de su voluntad, sino que inevitablemente obedecía sus órdenes. Esta vez decidió resistirse. Al tercer timbrazo, su intestino se había vaciado. Al cuarto timbrazo había conseguido limpiarse. Al quinto, se había subido los pantalones, había salido del cuarto de baño y estaba cruzando tranquilamente el apartamento. Contestó el teléfono después del sexto timbrazo, pero no había nadie al otro extremo de la línea. La persona que llamaba había colgado.

La noche siguiente estaba preparado. Tumbado en la cama, leyendo cuidadosamente las páginas del Sporting News, esperó a que el desconocido llamara por tercera vez. De vez en cuando, presa de los nervios, se levantaba y paseaba por el apartamento. Puso un disco —la ópera de Haydn El hombre en la luna— y la escuchó de principio a fin. Esperó y esperó. A las dos y media finalmente renunció y se fue a dormir.

Esperó la noche siguiente, y también la otra. Justo cuando estaba a punto de abandonar su plan, comprendiendo que se había equivocado en todas sus suposiciones, el teléfono sonó de nuevo. Era el diecinueve de mayo. Recordaría la fecha porque era el aniversario de boda de sus padres —o lo habría sido, si hubieran estado vivos— y su madre le había dicho una vez que él había sido concebido en su noche de bodas. Este hecho siempre le había atraído —poder conocer con precisión el primer momento de su existencia— y a lo largo de los años había celebrado privadamente su cumpleaños ese día. Esta vez era un poco más temprano que las otras dos noches —aún no eran las once— y cuando alargó la mano para coger el teléfono supuso que sería otra persona.

—¿Diga? —dijo.

De nuevo hubo un silencio al otro lado. Quinn supo inmediatamente que era el desconocido.

—¿Diga? —repitió—. ¿Qué desea?
—Sí —dijo la voz al fin. El mismo susurro mecánico, el mismo tono desesperado—. Sí. Es necesario ahora. Sin dilación.
—¿Qué es necesario?
—Hablar. Ahora mismo. Hablar ahora —mismo. Sí.
—¿Y con quién quiere usted hablar?
—Siempre el mismo hombre. Auster. El hombre que se hace llamar Paul Auster.

Esta vez Quinn no vaciló. Sabía lo que iba a hacer, y ahora que había llegado el momento, lo hizo.

—Al habla —dijo—. Yo soy Auster.
—Al fin. Al fin le encuentro.

Oyó el alivio en la voz, la calma tangible que repentinamente la inundó.

—Exactamente —dijo Quinn—. Al fin. —Hizo una pausa para dejar que las palabras penetraran, tanto en él como en el otro—. ¿Qué desea?
—Necesito ayuda —dijo la voz—. Hay gran peligro. Dicen que usted es el mejor para estas cosas.
—Depende de a qué cosas se refiera.
—Me refiero a la muerte. Me refiero a la muerte y el asesinato.
—Ésa no es exactamente mi especialidad —dijo Quinn—. No voy por ahí matando gente.
—No —dijo la voz, malhumorada—. Quiero decir lo contrario.
—¿Alguien va a matarle a usted?
—Sí, matarme. Eso es. Van a asesinarme.
—¿Y quiere usted que yo le proteja?
—Que me proteja, sí. Y que encuentre al hombre que va a hacerlo.
—¿No sabe usted quién es?
—Lo sé, sí. Claro que lo sé. Pero no sé dónde está.
—¿Puede usted explicarme el asunto?
—Ahora no. Por teléfono no. Hay gran peligro. Debe usted venir aquí.
—¿Qué le parece mañana?
—Bien. Mañana. Mañana temprano. Por la mañana.
—¿A las diez?
—Bien. A las diez. —La voz le dio una dirección en la calle Sesenta y nueve Este—. No lo olvide, señor Auster. Tiene que venir.
—No se preocupe —dijo Quinn—. Allí estaré.





Nota

(1) Este párrafo es intraducible. En argot al detective privado se le llama private eye, que significa «ojo privado». Además, la palabra eye se pronuncia igual que la letra i, que, escrita con mayúscula, significa «yo». (N. de la T.).

......

LA VIDA ES LA MUERTE DISFRAZADA DE MENTIRA

La vida, con ira,
encadenada en tu interior
lucha, grita desesperadamete por salir.
Pero tú, ciego la consumes, quemas tu juventud,
ves la muerte como una salida.
Ella es bella, piensas.
Y el largo y empedrado camino de autodestrucción
que has comenzado a recorrer ya hace años
comienza a volverse angosto y oscuro,
cada vez menos apetecible,
cada vez más sofocante.
Pero no puedes salir,
él te posee,
tu cerebro te traiciona
y dentro de ti algo llora.
Ella en su prisión sangra,
notas la sangre fluir,
la sangre que tu vida desprende
encadenada en el interior de tu ser.
Pero tú sabes como hacer callar a esa zorra,
¡SI!, AHOGALA.
Ahogala en el preciado licor
que la muerte,
tu fiel compañera,
te entrega.
Y ahuyenta a todos esos hijos de puta
que intentan apartarte del verdadero camino,
aquellos que te niegan el final del camino.
Del descanso, de la paz ...
la muerte, la misantropía,
ellas te guían.
En cuanto a la otra:
¡MÁTALA!
Tú sabes que
la vida es la muerte disfrazada de mentira.

........

La búsqueda de la existencia de un ser humano comienza en los lugares más sórdidos y aberrantes, no siempre, por supuesto. Pero cuando te acostumbras a vivir en determinadas condiciones, una situación mínimamente diferente puede parecer algo completamente paradisícaco.

Un lugar, una mujer, un gesto, una palabra que estimule tu subsonsciente de una manera efectiva puede convertirse en el mayor de los placeres renegando al orgasmo a un lugar remoto en los abismos de la mente. Si, el vacío es una fuerza poderosa. Una fuerza que puede impedirte pensar, hablar, relacionarte, vivir.


Pero cuando comienzas a intentar repelerlo te das cuenta de su majestuosidad, de la irremediable fuerza de su poder. Una mente inquieta puede ser su peor enemigo pero una mente evasiva puede repelerlo durante cierto tiempo antes de ponerse en pie y combatirlo o ceder y morir.

En este punto pueden ocurrir 3 cosas determinantes en la existencia del individuo, o bien luchar contra él, evadirse perpetuamente y pudrirse en un habitáculo ridículamente pequeño bebiendo hasta que el cerebro se escurra por las orejas o colgarse de una viga con un cinturón.

SERGI PUERTAS

NEVER TRUST A HIPPIE

Como andamos tan confusos
vamos a decidir 10 cosas:
Redactaremos un estatuto que establezca claramente
quién manda
quién se somete
quién friega los platos
y cuál es la posición correcta del piloto del calentador.

Nos decidiremos de una vez a averiguar
el paradero de nuestros padres:
Daremos la espalda a esas parejas horribles
que en maldita hora nos adoptaron
y huiremos al bosque:

Allí husmearemos en las madrigueras
y en los troncos huecos
hasta hallar en nuestros interiores
a otros embusteros
más mansos
más dispuestos a hacer dinero
que no titubeen que no nos avergüencen
que sean chusma como el resto

Regresaremos a la metrópoli
Más maduros más capaces:
Seremos uno y todo con la piara.
Con nuestras carteras repletas
amamantaremos a otra camada
que pronto nos mostrará el dedo medio
y renegando de nosotros
huirá a los bosques
en busca de su verdadero yo
que los devolverá sonrientes a la máquina.

BUKOWSKI

LLEGARON A TIEMPO

Me gusta pensar en escritores como James Joyce
Hemingway, Ambrose Bierce, Faulkner, Sherwood
Anderson, Jeffers, D. H. Lawrence, A. Huxley,
John Fante, Gorki, Turgenev, Dostoievsky, Saroyan,
Villon, incluso Sinclair Lewis, y Hamsun, incluso T. S.
Elliot y Auden, William Carlos Williams y
Stephen Spender y el valiente de Ezra Pound.

me enseñaron tantas cosas que mis padres
nunca me enseñaron, y
también me gusta pensar en Carson McCullers
con su Café Triste y Ojo dorado.
ella me enseñó muchas cosas que mis padres
nunca supieron.

me gustaba leer los libros de tapa dura de las bibliotecas
en su simple encuadernación de biblioteca
azul y verde y marrón y rojo claro
me gustaban los viejos bibliotecarios (varones y mujeres)
que te miraban seriamente
si tosías o te reías muy fuerte,
y aún cuando se parecían a mis padres
en realidad no había ninguna similitud.

ahora ya no leo a estos autores que alguna vez leí
con tanto placer,
pero es bueno pensar en ellos,
y también me
gusta mirar las fotografías de Hart Crane y
Caresse Crosby en Chantilly, 1929
o las fotos de D. H. Lawrence y Frieda
asoleándose en Le Moulin, 1928.
Me gusta ver a André Malraux en su traje de aviador
con un gatito en el pecho y
me gustan las fotos de Artaud en el loquero
Picasso en la playa con sus fuertes piernas
y su cabeza pelada, y también está
D. H. Lawrence ordeñando esa vaca
y Aldous en Saltwood Castle, Kent, Agosto de
1963.

Me gusta pensar en toda esta gente
que me enseñaron tantas cosas que yo
nunca había imaginado antes.
y me enseñaron bien,
muy bien
cuando eso era tan necesario
me mostraron tantas cosas
que nunca creí que fueran posibles.
todos esos amigos
bien adentro de mi sangre
quienes
cuando no había ninguna oportunidad
me dieron una.

HAMSUM KNUT

PAN. fragmento
"...tan retorcida puede llegar a ser la mente humana. Te pueden tirar del pelo valles abajo y montañas arriba, y si alguien pregunta qué ocurre, puedes llegar a contestar encantado: ¡Me tiran del pelo! Y si preguntan: ¿No quieres que te libere?, respondes: No. Y si preguntan: ¿Puedes soportarlo?, respondes: Sí, lo soporto, porque amo la mano que me tira ..."

ARTAUD

AUTORETRATO

IVO PELAY

LA CANCION DEL LINYERA

Cuando se asoma alegre el sol sobre los campos del Talar
junto a las vias, van los linyeras
llevando como el caracol la casa a cuestas y al azar
van los gitanos todos los dias..
Ellos no saben de dolor y en cada boca hay un cantar
y a gritos dicen sus alegrias indiferentes al amor
y en el eterno trajinar, al viento dicen melancolias.
Cuando se asoma alegre el sol sobre los campos del Talar
van los linyeras todos los dias
y al pasar se oye un peon entonar esta cancion:

Linyera soy, corro el mundo
y no se donde voy,
linyera soy, lo que gano
lo gasto, lo doy.
No se llorar, ni en la vida
deseo triunfar...
No tengo norte, no tengo guia...
para mi, todo es igual..

SHAKESPEARE.Hamlet


“Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar. Sí, ése es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno,
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién
soportaría los azotes y las injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,
si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes de huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes”.

damián tabarovsky

¿Usted plantea que la literatura está en crisis?
La literatura está en crisis porque la cultura es la crisis. No es que está en crisis porque pasa algo exterior a ella. La literatura, como a mí me interesa, pone en cuestión otros discursos, entonces hace de las crisis su pasatiempo favorito. Todo escritor contemporáneo tiene la sensación de que es el último escritor, todos viven en esa vanagloria porque la literatura es un arte casi epigonal. Lo que a mí me importa de la literatura es encontrar contenidos políticos en discursos que aparecen como políticamente neutros. Pero hay otra dimensión de la crisis, la sociológica, que es de la que más se habla, pero que no me interesa: por qué los libros no venden, qué hay que hacer para que la literatura vuelva a atrapar a los lectores. Durante el menemismo, la literatura argentina empezó a ocuparse de que las novelas y los cuentos cautiven al lector, que los finales sean efectivos, que los personajes sean verosímiles o las tramas interesantes. Son todas cuestiones secundarias que apuntan a que la literatura se vuelva eficiente. Así como hubo un discurso de lo eficiente respecto de las privatizaciones o del delivery a domicilio, la literatura fue porosa a esos temas y se convirtió en una literatura eficiente.

¿En su concepción el problema residiría en que la literatura y el arte nunca buscan la eficiencia?
Sí, yo los concibo como diletantes, ineficientes. El escritor o el intelectual son figuras sospechosas porque son diletantes, ineficientes, torpes. Me interesa la inmadurez literaria, como escritor quiero poner a la ineficiencia en el centro de la literatura. Aquellos escritores con quienes comparto la crítica política ideológica al menemismo y a la época son los que llevan la crisis al corazón de su literatura, porque cuando General Motors hace marketing, está mal, pero cuando ellos lo hacen desde una editorial es porque simplemente un libro se acerca al lector. Acá hay una línea de continuidad que es interesante desmontar. Esa influencia del marketing llegó a los textos, por eso se convirtieron en complacientes y lo que se valora es eso: que los cuentos tengan introducción, desarrollo y conclusión, que no se experimente, que no se innove.

¿Qué sucede con las vanguardias artísticas en ese contexto?
El problema es que la literatura suspende cualquier discusión con las vanguardias, que aunque han entrado en crisis hace mucho tiempo, podrían ser un horizonte donde vale la pena sentarse a discutir. Pero la literatura argentina de los noventa dio por clausurada esa discusión casi festivamente: ¡qué bueno que se terminó esa neurosis, ahora podemos dedicarnos a tener lectores! Pero fracasaron los textos y el mercado. Todavía vale la pena seguir polemizando sobre literatura, pero buena parte de mi generación no reabre estas preguntas que suponen clausuradas.

¿Por qué?
Creo que toman como un éxito el fracaso de las vanguardias, que ponían en cuestión la relación entre la vida cotidiana y la literatura, la literatura entendida como una experiencia de la otredad, de la ruptura y de la disolución. Algunos lo viven con pesar o son nostálgicos de la vanguardia, otros lo vivimos con perplejidad en una tensión entre añorar eso que pudo haber pasado y saber que eso no va a volver más. Pero hay un largo grupo, el corazón de mi generación, que lo vive con alegría porque sabe que puede dedicarse a hacer una literatura que no cuestione nada, que sea falsamente ingenua y que se convierta en un producto más en el mercado como tantos otros. El escritor es narcisista, megalómano e improductivo, valores que yo defiendo. Un escritor como yo, que no gana plata, que no vende demasiado y que no va a pasar a la posteridad, qué puede tener que no sea un poco de narcisismo: esa es mi valija portátil.
(extracto de entrevista hecha por Silvina Friera para Página/12)


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sobre una frase de kafka (fragmento)
“Leopardos irrumpen en el templo y beben hasta vaciar los cántaros del sacrificio. La escena se repite una y otra vez hasta que puede predecirse con antelación. Entonces se la incluye como parte de la ceremonia”. Es interesante esta frase de Kafka, porque plantea uno de los temas menos investigados de su obra: la repetición como gesto vanguardista. Como es sabido, el autor favorito de Kafka era Flaubert y el de Flaubert, Sade. Esa genealogía, también poco analizada, nos informa sobre buena parte de los principios literarios de la modernidad. Si se lee con atención las principales novelas de Sade se verá que, en el fondo, el esquema de la repetición guía la narración. Sin exagerar, puede decirse que su obra se reduce a una única gran escena (una chica a los que se le enseña los placeres del sexo) repetida una y otra vez hasta el cansancio. Incluso La filosofía en el tocador, si se le saca su excursus político (el manifiesto ultrarevolucionario “Franceses, un esfuerzo más, si quieren ser republicanos”) responde a ese modelo. En Flaubert es aún más evidente. ¿Cómo está estructurado Bouvard y Pécuchet? Ellos aprenden un saber (la agrimensura, etc.), intentan aplicarlo a su vida cotidiana, fracasan en el intento, le echan la culpa al libro y no a sí mismos, prueban con otro saber, vuelven a fracasar y así hasta el final. Hasta el final inconcluso. Se dirá: inconcluso porque Flaubert murió sin llegar a terminar la novela. Error: ocurre que cuando una narración procede bajo el modelo de la repetición, no puede haber desenlace posible. Simplemente, en un punto dado, de manera arbitraria, en la repetición número 27, el autor decide terminar el libro. Y en ese gesto, el autor termina con buena parte de los lugares comunes de la literatura moderna; termina con la trivialidad de que debe haber tramas ascendentes, tramas arquitecturales, personajes bien construidos, discursos argumentados, diálogos estructurados, obras completas. Por supuesto que la palabra “termina” es una ilusión: ese tipo de literatura reaparece una y otra vez como el retorno de los muertos vivos, como la repetición que no repite nada. Reaparece como reaparece la alergia en primavera: como el efecto no deseado de una época maravillosa: la época en que aún existía la literatura.


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la expectativa
Y si uno no hace nada, ¿qué puede hacer?: pensar y esperar, pensar y esperar. Y la espera se puede convertir en un territorio inhóspito, áspero, desasosegante. Y pensar volverse un martirio o una cárcel, y dejar de pensar, un deseo imposible. A Jonathan, el protagonista de esta historia, la vida se le ha convertido en mera expectativa. En los años de la bonanza económica llegó a sentirse un triunfador: coche nuevo, apartamento nuevo, zapatos de marca, pero cuando la crisis económica convirtió a la Argentina en un páramo laboral, todo se viene abajo: adiós al auto, adiós al pisito en barrio respetable, adiós al consumo de marcas. Sólo pensar y pensar, pasear por las calles de su barrio de siempre, la pizzería de siempre, el paisaje de siempre. El inicio y el final de una aventura amorosa tan delirante como su propia existencia y que sólo sirve para hacer más evidente el engaño estéril de la vida. Y un último esfuerzo: viajar a esa Europa prometida donde ninguna promesa se cumple. Alguien escribió que “el estilo es una expectativa defraudada” y si así fuera esta novela sería la mejor metáfora sobre cómo puede ser una novela cuando ya nada puede pasar. Tiene algo de kafkiano tanta libertad inútil.


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una destrucción sin ruinas
Alguna vez Umberto Eco dijo que se podía conocer una sociedad por sus concursos televisivos. Tal vez sea cierto. O tal vez sea una de esas frases que parecen profundas pero que encierran una perfecta banalidad: quien haya estado en la URSS unos meses antes de su desintegración podía ver infinidad de concursos sin deducir de ellos lo que estaba por ocurrir. El asunto da que pensar: quizás los concursos sirvan para comprender el mundo pero no para hacer profecías.
Como sea, el ensayista francés Gérard Wajcman propone en El objeto del siglo –magnífico libro escrito en 1998 y publicado recientemente en castellano– un concurso de lo más interesante: "¿Y si a la hora de soplar las velas de este siglo centenario se abriera un concurso para designar el Objeto del siglo XX?". La pregunta parece caprichosa, arbitraria y, porqué no, igualmente banal; pero Wajcman se las ingenia para jugar con ella, estirar el suspenso y finalmente escribir un ensayo contundente sobre el estatuto de la imagen contemporánea.
¿Cuál es la respuesta? ¿Cuál es el Objeto del siglo?
No tan rápido, vayamos por partes. Primero Wajcman da una serie de opciones: un cohete, la minifalda, la botella de plástico, un átomo, un comprimido de penicilina, una línea de cocaína, el Empire State y otros tantos por el estilo. Error. Para el autor no son objetos, son simplemente "artículos de celebración y propaganda". Avanza entonces sobre una reflexión del filósofo Jean–Christophe Bailly: las ruinas. El siglo XX, el siglo de la demolición de todo tipo. Pero rápidamente Wajcman se percata de que la ruina como imagen aparece a lo largo de toda la historia, no hay allí nada propio del siglo XX. ¿Y entonces? Entonces todo lo contrario: "el siglo XX es el siglo que inventó la destrucción sin ruina". La solución final nazi es la prueba de esa paradoja. El extermino de los judíos: la búsqueda del crimen perfecto. "No el que queda impune, sino aquel que nadie sabrá jamás que tuvo lugar". Allí residió la utopía nazi, en no dejar rastros, huellas, testigos. "La esencia de la solución final era volver a los judíos, y volverse ella misma, invisibles". De las cámaras de gas funcionando no hay fotos, no hay sobrevivientes. El acontecimiento se reconstruye a partir de testimonios, relatos, indicios. Llenando un vacío, dando sentido a una ausencia, merodeando alrededor de una falta. Aquí Wacjman es deudor de ensayos como La diferencia, de Lyotard, o Paroles Suffoquées, de Sarah Kofman, textos que se preguntan sobre el momento en que las víctimas se encuentran en la terrible condición de tener que probar su condición de víctima. El testimonio siempre es un diálogo con lo que no está.
Se va delineando algo de lo que propone Wajcman: el siglo XX fue el siglo que presentó a la imagen como ausencia, como falta, como agujero negro. Como lo sublime abstracto. Revelemos ahora una parte de la respuesta. Wajcman no elige como ganador de su concurso a un solo objeto, sino a tres. Este es uno: Shoah, el documental de Claude Lanzmann sobre el extermino. La película está armada a base de testimonios, de relatos de sobrevivientes, de testigos (el guardia de la estación donde pasaba el tren cargado de judíos, el peluquero, etcétera). No muestra los campos de concentración, no se ven fotos desgarradoras. No tiene imágenes. Sin embargo, a partir de esa ausencia, Lanzmann logra hacer presente el extermino como nadie antes. Logra mostrar los hechos como nunca antes. Shoah, escribe Wajcman, "es una obra de arte sobre esta cosa sin mirada".
Por supuesto que antes de Shoah hubo otros objetos, otras obras que hicieron presente la ausencia, que la mostraron, que expusieron su falta. El primero de todos: La rueda de bicicleta, de Marcel Duchamp, de 1913. La obra es muy conocida, es simplemente una rueda de bicicleta sobre un taburete. ¿Qué dice Wajcman de los ready–made? "El ready–made consiste en introducir vacío en el objeto". Los ready–made son objetos "sin". Una rueda de bicicleta sin neumático. "Una pala para nieve sin nieve, un escurrebotellas sin botellas". ¿El objeto de la obra de arte? "Mostrar eso que no se puede ver".
Ubicar a Lanzmann como heredero de Duchamp es algo más que un golpe de ingenio. Abre la posibilidad de pensar el efecto–Duchamp como algo más profundo y radical que su herencia declarada (el pop, la abstracción de los 70), de pensar a Duchamp como el padre de una epistemología de la sustracción que marcó el siglo: la sustracción de las imágenes. Podría decirse que allí donde hay sospecha de las imágenes (en Shoah, en Barnett Newman, en Rothko, pero también en la literatura del nouveau roman y en la música serial) entonces hay el efecto–Duchamp.
Finalmente, el tercer objeto: Cuadrado negro sobre fondo blanco, de Malevitch. 1915, el comienzo de la abstracción. Esto escribe Malevitch sobre su obra: "Lo que expuse no era un simple cuadrado vacío, sino más bien la experiencia de la ausencia de objeto".
Wajcman elige esos tres objetos, pero bien podrían ser otros. Cualquier otro que remita a la experiencia vanguardista de la crítica a la representación. Cualquier objeto que se presente como ausencia. Como si la versión más radical del arte moderno se hubiera dedicado a cambiarle el sentido a la clásica expresión policial: "¡Circulando, circulando que no hay nada para ver!".


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duchamp y los efectos de la paradoja (fragmento)
Apollinaire escribió una vez que la misión de Duchamp era unir el arte con el pueblo. Poco tiempo después Duchamp envió una carta a Picabia en la que trató de dejar claro el asunto: “Apollinaire se volvió loco”.
Sucede que gran parte del secreto del éxito de Duchamp reside en haber usado a su favor un rasgo que en general es pernicioso para el arte: la inteligencia. Como es sabido, la inteligencia no es buena consejera para el arte –son memorables las páginas de Proust contra los lectores inteligentes– pero en cambio sí lo es para los ingenieros, dentistas, analistas de sistemas, diseñadores gráficos, criadores de caballos, cocineros e incluso hasta para algunos intelectuales. Vaya situación, Duchamp era artista e inteligente. ¿Cómo superar el escollo?
Para desatar ese nudo, Duchamp dedicó una energía prodigiosa, un entusiasmo perdurable, una conducta prusiana, un misticismo religioso; en síntesis, dedicó su vida entera al cumplimiento puntilloso de una ley, la ley madre que guía su obra: la ley del menor esfuerzo.
Al fin y al cabo, qué más fácil, más rápido, más económico, que designar una rueda de bicicleta como obra de arte. Su truco consiste en haberlo hecho por primera vez (el truco del arte consiste en hacerlo siempre por primera vez). Con ese gesto, entre perezoso y radical, Duchamp renuncia a la inteligencia y nos induce a ver el mundo de otro modo. Picasso decía que el arte era 5% de inspiración y 95% de transpiración. Pues bien, para Duchamp el arte era 5% de inspiración y 95% de relajación.
El descubrimiento de la ley del menor esfuerzo tenía para Duchamp valor de novedad absoluta. Para él, de manera opuesta al surrealismo, la novedad no surge de la invención de un nuevo método (la escritura automática), o de la apropiación delirante de nuevas teorías (los sueños), sino que es el producto de una transformación lingüística, de un cambio en el empleo del tiempo, de una revolución cognitiva. Cómodo y vago, encontró el camino más corto para revolucionar el arte. Descubrió que ya no se trataba de crear obra nuevas (¿sentiría Duchamp el agobio de experimentar que ya todo había sido creado?), sino de modificar radicalmente el contexto de apreciación estética. Descubrió que lo nuevo es ante todo una nueva forma de ver y comprender. A diferencia del artista de vanguardia tradicional, que crea lo nuevo y luego se declara incomprendido, Duchamp cambió primero los cánones de comprensión, y luego se declaró como lo nuevo.
(...)
Es curioso, pero si extraemos fielmente las consecuencias del uso de la ley del menor esfuerzo, aplicadas al contexto del arte y la literatura actual, llegamos a una conclusión paradójica: quizás lo propio de la vanguardia hoy, ya no sea la creación de una novedad entendida como la primera vez; sino que es vanguardista quien escribe por primera vez lo ya escrito, quien hace por primera vez lo ya hecho, quien crea por primera vez lo ya creado. Quien logra extraer de la paradoja un efecto radical: un historicismo paradójico o un vanguardismo historicista.
Bajo el designio de la paradoja, el aprendizaje tiene más que ver con el olvido que con el recuerdo, la creación más con la desmemoria que con la conciencia, y la ética –la gran coartada de la memoria– más con el cambio que con la preservación.
La llamada crisis del arte, esa sensación que comparten buena parte de los críticos y artistas, de que la posibilidad de creación se ha encogido hasta su casi desaparición (para algunos, como acusa el crítico conservador Georges Steiner, debido a Duchamp) encuentra una posibilidad de superación gracias al cambio de sentido de la propia noción de novedad y ruptura. Se trata, otra vez, de transformar el contexto realizando el menor esfuerzo posible (cuando para dedicarse a la literatura hay que hacer un gran esfuerzo, significa que ganó el contexto).
Hay que inventar una literatura y un arte que cree novedad, ya no como lo hacían los vanguardistas de principios del siglo XX, es decir como una ruptura que borra las huellas del pasado; sino como la introducción de paradojas en los discursos existentes, en el discurso del presente. Una política literaria de vanguardia podría ser ésta: encontrar paradojas allí donde no se ven, introducirlas allí donde no están.


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paradojas del filósofo (fragmento)
(…) El vanguardista es un desmemoriado, no tiene recuerdos; aprende, olvida y vuelve a aprender, aprende muchas veces lo mismo que ya había aprendido, pero para él siempre es nuevo, siempre es distinto. La creación es creación de un mundo, primero la ruptura y después la cara de asombro al ver que una y otra vez escribe lo mismo, escribe lo que ya había sido escrito antes por él mismo o por otro. La filosofía de Deleuze está atravesada por esa sensación de descubrimiento permanente. Proust y los signos es el libro donde más a fondo trata el tema: La unidad de En busca del tiempo perdido no consiste en la memoria, en el recuerdo, incluso involuntario... se trata no de una exposición de la memoria involuntaria, sino de una narración de aprendizaje. La filosofía de Deleuze es una filosofía de la paradoja. El aprendizaje tiene más que ver con el olvido que con el recuerdo, la creación más con la desmemoria que con la conciencia. La escritura vanguardista en Deleuze incluye, entonces, esta paradoja: lo propio de la vanguardia ya no es la creación de una novedad entendida como la primera vez sino que es vanguardista el que escribe por primera vez lo ya escrito, quien hace por primera vez lo ya hecho, quien crea por primera vez lo ya creado como si fuera la primera vez. Un artista vanguardista en el sentido paradójico deleuziano es Marcel Duchamp. ¿Qué otra cosa hizo Duchamp con los ready–made sino hacer por primera vez lo que ya estaba hecho y de ese modo reinventar otra vez todo? Otro ejemplo: Borges en Pierre Menard, autor del Quijote; aquí, como es conocido, se trata de escribir por vez primera lo que ya había sido escrito. La definición de literatura de Deleuze como la invención de una lengua dentro de la lengua va en esa dirección. El problema de la crisis de la vanguardia, es decir la sensación que comparten buena parte de los filósofos, críticos y artistas de que la posibilidad de creación novedosa y en ruptura con lo establecido se ha encogido hasta su casi desaparición encuentra una posibilidad de relectura optimista en el cambio de sentido de la propia noción de novedad y de ruptura. Siguiendo esta línea, la novedad ya no debería ser entendida como lo hacían las vanguardias históricas de principio de siglo, es decir como una ruptura que borra las huellas del pasado, sino como la introducción de paradojas en los discursos existentes. Una política deleuziana de vanguardia podría ser ésta: encontrar paradojas allí donde no se ven, introducirlas allí donde no están. (…)

Alexander Solzhenitsyn

Pabellón de cancerosos


Vega no había cambiado, pero estaba aniquilada. Y además había perdido a su madre..., y vivían solas las dos. Su madre había muerto aniquilada también: a su hijo, el hermano mayor de Vera, ingeniero, lo habían arrestado en el 40. Había escrito durante algunos años más. Durante algunos años, le mandaron encomiendas a algún lugar de Buriato - Mongolia. Pero un día, la madre de Vera recibió del correo un aviso redactado en términos vagos y la encomienda volvió con varios timbres y tachaduras. La trajo de vuelta a casa como un pequeño féretro. Recién nacido, su hijo habría cabido en esa caja.

Pasaron los años, largos años de vida común y corriente de tiempos de paz, y Vega vivía como protegida por una perpetua máscara antigás, con la cabeza siempre ceñida por ese caucho hostil que simplemente la había afeado, debilitado ... , y un buen día se sacó de un tirón la máscara antigás.

En otras palabras, empezó a vivir en forma más humana; y se permitió ser afable, vistió con esmero, no evitó los contactos con el prójimo.

Hay una gran voluptuosidad en ser fiel. Acaso la mayor voluptuosidad. Aun cuando de esa fidelidad los demás no sepan nada. Aun cuando ignoren su precio.

Por grandes que fuesen los ojos redondos de la máscara antigás, se veía por ellos poco y mal. Ahora, sin esos vidrios, Vega había podido ver mejor.

Pero no vio mejor. Falta de experiencia, se estrelló, tropezó.

Esa intimidad breve y humillante, lejos de facilitar e iluminar su vida, la había mancillado, rebajado, roto su integridad, quebrantado su bella conducta.

Ahora no lograba olvidarla y no podía borrarla ya.

No, tomar la vida por el lado agradable no era su sino. Mientras más frágil nace un ser, más requiere decenas y hasta centenares de circunstancias concomitantes para conseguir acercarse a su prójimo. Una coincidencia más no hace otra cosa que acentuar levemente el acercamiento; en cambio, una sola divergencia puede echarlo todo por tierra de un solo golpe. Y esta divergencia surge siempre tan pronto, se presenta con tanta evidencia. Y ella no tenía a nadie que le enseñara a actuar, a vivir.

LA MUERTE DE UN POETA

El 22 de noviembre de 1881, Heinrich von Kleist mató a Henriette Vogel y de inmediato se suicidó; cumplieron así el pacto de muerte que habían establecido poco antes. El hecho fue un escándalo en casi toda Europa.

Ambos eran personajes notorios. Von Kleist como poeta, narrador y dramaturgo; Vogel por pertenencia de clase y por matrimonio. Henriette y Heinrich se habían conocido de causalidad y casi de inmediato empezaron una relación que nunca fue clandestina.

Él sufría angustias diversas, así como el llamado “mal de melancolía”. Ella buscaba respuestas espirituales a las preguntas terrenas y encontró en el poeta, o en las angustias de éste, lo que su clase social no le daba: comprensión, identidad, afecto.

En su ensayo Heinrich von Kleist. La muerte de un poeta, Michel Tournier reproduce cartas, actas policiales, documentos forenses, extractos de diarios y testimonios que le permiten recomponer los dos días finales de la pareja.

Una de las cartas fue escrita por Henriette a Louis Vogel, su esposo:


20 de noviembre de 1811

¡Mi adorado Louis! Ya no puedo seguir viviendo. Un puño de acero me oprime el corazón. Llámalo enfermedad, flaqueza o como quieras; yo misma no sabría qué nombre darle a mi mal. Todo lo que puedo decir es que veo en mi muerte la mayor de las dichas. ¡Y no puedo llevaros conmigo, a todos vosotros a quienes tanto amo! Pero vosotros podéis reuniros conmigo en la gran unión eterna, entonces sí nada quedaría ya que desear. Kleist, que quiere ser mi fiel compañero de viaje en la muerte, tal como lo fuera en la vida, se encargará de matarme. Después de hacerlo, él a su vez se dará la muerte. No llores, no estés triste, mi generoso Vogel, pues voy a morir de una muerte con la que han sido privilegiados muy pocos seres humanos. Enajenada por el más profundo amor, voy a cambiar la felicidad terrenal por la dicha eterna…

Para entonces, Henriette y Heinrich se habían instalado en la hostería Simming, a unos kilómetros de Berlín, donde habrían de consumar su proyecto. Al día siguiente, Kleist envió una carta a su hermana Ulrika:

21 de noviembre de 1811

Colmado de favores y de dicha como me encuentro, no quiero morir sin antes haberme reconciliado con todos, sobre todo contigo, mi adorada hermana. Esas severas palabras que se escaparon en mi carta a los Kleist, déjame retirarlas. Es verdad, tú has hecho para salvarme no sólo todo lo que estaba en manos de una hermana, sino todo lo humanamente posible. Pero el caso es que nada en este mundo podía salvarme. Así pues, ruego al cielo te conceda una muerte que se acerque siquiera a la mitad de la dicha y del sereno goce que a mí me han sido concedidos.

El 3 de diciembre de 1881, El Moniteur, diario parisiense, publicó un cable fechado en Berlín:

El público todavía sigue ocupándose de la trágica aventura del señor Von Kleist y de la señora Vogel. […] La señora, se dice, padecía una enfermedad incurable desde hace muchos años; los médicos le habían pronosticado una muerte inevitable; y ella había tomado la determinación de poner término a sus días.
El señor Von Kleist, poeta famoso, amigo de la familia, había resuelto suicidarse desde hace mucho tiempo. Los dos desventurados, luego de haberse confiado mutuamente su horrible decisión, decidieron llevarla a cabo juntos.
Para ello, se dirigieron a la hostería de Wilhelmsbruck, entre Berlín y Postdam, a orillas del Lago Sagrado. Una noche y un día prepararon su muerte, orando, cantando, bebiendo varias botellas de vino y ron y, sobre todo, tomado hasta dieciséis tazas de café. Le mandaron una carta al señor Vogel anunciándole la determinación que habían tomado y rogándole que se presentara cuanto antes para que cuidara de la inhumación de sus restos mortales. […]
Cumplido con ello, se encaminaron a la orilla del Lago Sagrado y se sentaron uno enfrente del otro. El señor Kleist tomó la pistola cargada y disparó directamente contra el corazón de la señora Vogel, que se desplomó muerta, Cargó nuevamente la pistola y se saltó la tapa de los sesos. Poco después, el señor Vogel se presentó, encontrando muertos a los dos.

No se sabe cuándo ni dónde, Henriette escribió la siguiente carta a Heinrich. También se ignora si él alcanzó a leerla. Está encabezada en noviembre de 1881, sin fecha.

Mi Heinrich, mi dulce música, mi arriate de jacintos, mi aurora y mi crepúsculo, mi océano de delicias, mi arpa eólica, mi rocío, mi arco iris, mi niñito en las rodillas, mi corazón bienamado, mi alegría en el sufrimiento, mi libertad, mi esclavitud, mi aquelarre, mi cáliz de oro, mi atmósfera, mi calor, mi pensamiento, mi más allá y mi más acá deseados, mi adorado pecador, consuelo de mis ojos, mi más dulce preocupación, mi bella virtud, mi orgullo, mi protector, mi conciencia, mi bosque, mi esplendor , mi espada y mi casco, mi generosidad, mi mano derecha, mi escala celestial, mi san Juan, mi caballero, mi dulce paje, mi poeta puro, mi cristal, mi fuente de vida, mi sauce llorón, mi amo y señor, mi esperanza y mi firme propósito, mi constelación amada, mi pequeño cariñoso, mi firme fortaleza, mi dicha, mi muerte, mi fuego fatuo, mi soledad, mi hermoso navío, mi valle, mi recompensa, mi Werther, mi Leteo, mi cuna, mi incienso y mi mirra, mi voz, mi juez, mi dulce soñador, mi nostalgia, mi alma, mi espejo de oro, mi rubí, mi flauta de Pan, mi corona de espinas, mi mil portentos, mi maestro y mi alumno, te amo por encima de todo lo que hay en mi pensamiento. Mi alma es tuya.

Henriette

P.S. Mi sombra al mediodía, mi fuente en el desierto, mi madre amada, mi religión, mi música interior, mi pobre Heinrich enfermo, mi cordero pascual, suave y blanco, mi puerta al cielo.


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MALATESTA


Al principio puede parecer extraño que la cuestión del amor y todas las que le son conexas preocupen tanto, a un gran número de hombres y de mujeres, mientras hay otros problemas más urgentes, si no más importantes, que debieran acaparar toda la atención y toda la actividad de los que buscan el modo de remediar los males que sufre la humanidad.

Encontramos diariamente gentes aplastadas bajo el peso de las instituciones actuales; gente obligada a alimentarse malamente y amenazadas a cada instante de caer en la miseria mas profunda por falta de trabajo o a consecuencia de una enfermedad; gente que se halla en la imposibilidad de criar convenientemente a sus hijos, que mueren a menudo careciendo de los cuidados necesarios; personas condenadas a pasar su vida sin ser un solo día dueñas de sí mismas, siempre a merced de los patronos o de la policía; gentes para las cuales el derecho de tener una familia y el derecho de amar es una ironía sangrienta y que, sin embargo, no aceptan los medios que les proponemos para sustraerse a la esclavitud política y económica si antes no sabemos explicarles de qué modo, en una sociedad libertaria, la necesidad de amar hallará su satisfacción y de qué modo comprendemos la organización de la familia. Y, naturalmente, esta preocupación se agranda y hace descuidar y hasta despreciar los demás problemas en personas que tienen resuelto, particularmente, el problema del hambre y que se hallan en situación normal de poder satisfacer las necesidades más imperiosas porque viven en un ambiente de bienestar relativo.

Este hecho se explica dado el lugar inmenso que ocupa el amor en la vida moral y material del hombre, puesto que en el hogar, en la familia, es donde el hombre gasta la mayor y mejor parte de su vida. Y se explica también por una tendencia hacia creer que se arrebata al humano su espíritu tan pronto como se abre a la conciencia. Mientras el hombre sufre sin darse cuenta de los sufrimientos, sin buscar el remedio y sin rebelarse, vive semejante a los brutos, aceptando la vida tal como la encuentra. Pero desde que comienza a pensar y a comprender que sus males no se deben a insuperables fatalidades naturales, sino a causas humanas que los hombres pueden destruir, experimenta en seguida una necesidad de perfección y quiere, idealmente al menos, gozar de una sociedad en que reine la armonía absoluta y en que el dolor haya desaparecido por completo y para siempre.

Esta tendencia es muy útil, ya que impulsa a marchar adelante, pero también se vuelve nociva si, con el pretexto de que no se puede alcanzar la perfección y que es imposible suprimir todos los peligros y defectos, nos aconseja descuidar las realizaciones posibles para continuar en el estado actual de las cosas.

Ahora bien, y digámoslo en seguida, no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor, pues no se pueden destruir con reformas sociales, ni siquiera con un cambio de costumbres. Están determinados por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos, del hombre y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución y de un modo que no podemos prever.

Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física.
Pero la libertad, incluso siendo la única solución que podemos y debemos ofrecer, no resuelve radicalmente el problema, dado que el amor, para ser satisfecho, tiene necesidad de dos libertades que concuerden y que a menudo no concuerdan de modo alguno; y dado también que la libertad de hacer lo que se quiere es una frase desprovista de sentido cuando no se sabe querer alguna cosa.

Es muy fácil decir: "Cuando un hombre y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan". Pero sería necesario, para que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que se amaren y cesaran de amarse ambos al mismo tiempo. ¿Y si uno ama y no es amado? ¿Y si uno todavía ama y el otro ya no le ama y trata de satisfacer una nueva pasión? ¿Y si uno ama a un mismo tiempo varias personas que no pueden adaptarse a esta promiscuidad?

"Yo soy feo - nos decía una vez un amigo - ¿Qué haré si nadie quiere amarme?". La pregunta mueve a risa, pero también nos deja entrever verdaderas tragedias.

Y otro, preocupado por el mismo problema, decía: "Actualmente, si no encuentro el amor, lo compro, aunque tenga que economizar en pan. ¿Qué haré cuando no haya mujeres que se vendan?". La pregunta es horrible, pues muestra el deseo de que haya seres humanos obligados por el hambre a prostituirse; pero es también terrible..., y terriblemente humano.

Algunos dicen que el remedio podría hallarse en la abolición radical de la familia; la abolición de la pareja sexual más o menos estable, reduciendo el amor al solo acto físico, o por mejor decir, transformándolo, con la unión sexual por añadidura, en un sentimiento parecido a la amistad, que reconozca la multiplicidad, la variedad, la contemporaneidad de afectos.

¿Y los hijos?... Hijos de todos. ¿Puede ser abolida la familia? ¿Es de desear que lo sea?

Hagamos observar antes que nada, que, a pesar del régimen de opresión y de mentira que ha prevalecido y prevalece aún en la familia, esta ha sido y continúa siendo el más grande factor de desarrollo humano, pues en la familia es donde el hombre normal se sacrifica por el hombre y cumple el bien por el bien, sin desear otra compensación que el amor de la compañera y de los hijos. Pero, se nos dice que, una vez eliminadas las cuestiones de intereses, todos los hombres serán hermanos y se amarán mutuamente.

Ciertamente, no se odiarán; cierto es que el sentimiento de simpatía y de solidaridad se desarrollaría mucho y que el interés general de los hombres se convertiría en un factor importante en la determinación de la conducta de cada uno. Pero esto no es aún el amor. Amar a todo el mundo se parece mucho a no amar a nadie.

Podemos, tal vez socorrer, pero no podemos llorar todas las desgracias, pues nuestra vida se deslizaría entera entre lágrimas y, sin embargo, el llanto de la simpatía es el consuelo más dulce para un corazón que sufre. La estadística de las defunciones y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por cada ser humano que muere y regocijarnos por cada nacimiento.

Y si no amamos a alguien más vivamente que a los demás; si no hay un solo ser por el cual no estemos particularmente dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que este amor moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿No se vería disminuida la naturaleza humana en sus más bellos impulsos? ¿Acaso no nos veríamos privados de los goces más profundos? ¿No seríamos más desgraciados?

Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente se siente la necesidad del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado. Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el amor. El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que personalmente los sufre. Para nosotros el amor es una pasión que engendra, por sí misma, tragedias. Estas tragedias no se traducirían, ciertamente, en actos violentos y brutales si el hombre tuviese el sentimiento de respeto a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio sobre sí mismo para comprender que no se remedia un mal con otro mayor, y si la opinión pública no fuese, como hoy, tan indulgente con los crímenes pasionales; pero las tragedias no serían por esto menos dolorosas.

Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen - y un cambio en el régimen económico y político de la sociedad no nos parece suficiente para modificarlos por entero - el amor producirá al mismo tiempo que grandes alegrías, grandes dolores. Se podrá disminuirlos o atenuarlos, con la eliminación de todas las causas que pueden ser eliminadas, pero su destrucción completa es imposible.

¿Es esta una razón para no aceptar nuestras ideas y querer permanecer en el estado actual? Así se obraría como aquel que no pudiendo comprarse vestidos lujosos prefiriese ir desnudo, o que no pudiendo comer perdices todos los días renunciase al pan, o como un médico que, dada la impotencia de la ciencia actual ante ciertas enfermedades, se negase a curar las que son curables.

Eliminemos la explotación del hombre por el hombre, combatamos la pretensión brutal del macho que se cree dueño de la hembra, combatamos los prejuicios religiosos, sociales y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños, el bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción y entonces podremos regocijarnos, con razón, si no quedan más males que los del amor.

En todo caso, los desgraciados en amor podrán procurarse otros goces, pues no sucederá como hoy, en que el amor y el alcohol constituyen los únicos consuelos de la mayor parte de la humanidad